Universidades ante la IA: el problema es quién fija las reglas/Raúl Contreras Zubieta Franco

* El ICGU 2026 coloca una pregunta incómoda para las universidades mexicanas: no basta con usar inteligencia artificial si nadie sabe todavía quién fija las reglas, quién cuida los datos y quién responde cuando algo sale mal.

La inteligencia artificial (IA) entró a la universidad sin pedir demasiados permisos. Corrige borradores, resume lecturas, ayuda a preparar clases, ordena oficios, acompaña tareas y, en no pocos casos, maquilla trabajos que nadie está seguro de poder evaluar con justicia. También se instaló en zonas más incómodas: autoría, plagio, privacidad, evaluación, responsabilidad docente. Ahí la conversación se vuelve menos vistosa y bastante más difícil.

Pero… El problema no es la herramienta, vive en la demora institucional.

Durante años, las universidades mexicanas pudieron hablar de innovación, digitalización o transformación sin pagar demasiado costo por la vaguedad. Bastaba con mencionar plataformas, aulas híbridas, capacitación o modernización administrativa. La IA cambió esa comodidad: ahora obliga a responder qué se permite, qué se prohíbe, qué se documenta y qué no debería delegarse nunca.

En la práctica, una plataforma llega por moda, otra por urgencia y otra porque alguien la recomendó en una reunión. El estudiante la usa para salir del paso; el profesor decide, a veces solo, si la permite, la castiga o la incorpora. Esa dispersión no parece política institucional. Pero termina funcionando como tal.

Ahí entra el Índice Campus de Gobernanza Universitaria 2026, ICGU (https://suplementocampus.com/icgu2026/), no como adorno metodológico ni como otra tabla para alimentar vanidades. Su pregunta es más incómoda: ¿la institución tiene condiciones reales para gobernar lo que ya está usando? No mide prestigio, matrícula ni producción científica. Mira otra zona, menos visible y quizá más riesgosa: la capacidad interna para decidir antes de que la costumbre imponga sus propias reglas.

La paradoja no es menor. Una universidad puede lucir bien en indicadores académicos y, al mismo tiempo, no tener una postura clara sobre IA. Puede presumir transformación digital y seguir sin saber qué hacer con un ensayo escrito a medias por un sistema digital. Puede producir miles de datos sobre trayectorias, calificaciones o abandono, pero no haber discutido quién los mira, para qué los mira y con qué límites. Y puede capacitar docentes en herramientas sin tocar la pregunta pedagógica de fondo: qué significa enseñar cuando la respuesta correcta ya no garantiza comprensión.

Gobernar la IA no significa llenar carpetas de lineamientos ni convertir al estudiante en sospechoso permanente. Significa algo menos vistoso y más difícil: decidir quién autoriza, quién acompaña, quién documenta, quién corrige y quién responde. Si eso no se aclara a tiempo, la costumbre acaba haciendo el trabajo de la norma. En las universidades públicas mexicanas el asunto se complica más. No todas tienen los mismos presupuestos, ni los mismos equipos técnicos, ni la misma capacidad para formar docentes. Tampoco todos los estudiantes llegan con el mismo acceso a dispositivos, conectividad o alfabetización digital. Hablar de IA sin mirar esa desigualdad es cómodo, pero incompleto.

La discusión deja de ser técnica cuando toca la confianza.
Una institución que no puede explicar cómo usa IA, cómo cuida los datos de sus estudiantes o qué entiende por autoría académica no necesita una gran crisis para perder credibilidad. A veces basta una sospecha menor: trabajos impecables que no suenan al estudiante, evaluaciones que ya no miden lo que dicen medir, bases de datos que nadie sabe quién consulta, autoridades que descubren tarde lo que ya era rutina en sus aulas.

El ICGU mira cinco zonas: IA, integridad académica digital, datos universitarios, formación docente y liderazgo institucional. Dicho así parece catálogo. No lo es. Lo importante está en cómo esas piezas se sostienen o se estorban entre sí. Una política de IA sin profesores preparados acaba en documento decorativo. Una estrategia de datos sin ética puede venderse como eficiencia y terminar pareciéndose demasiado a vigilancia. Una regla de integridad académica sin rediseño de evaluación sólo empuja el problema al aula, donde cada profesor resuelve como puede.

Y eso hoy ya sucede.

El sistema universitario necesita una línea de base. No para exhibir rezagos ni para repartir medallas, sino para saber dónde hay capacidades reales y dónde sólo hay discurso. Sin diagnóstico, cada institución contará su propia versión: unas dirán que ya son maduras porque usan muchas plataformas; otras llamarán gobierno digital a la acumulación de licencias; algunas más esperarán a que una autoridad externa les diga qué hacer. El margen para esa espera se está cerrando.

Conviene insistir: si el ICGU se lee como ranking, se le empobrece. Su utilidad está en otra parte: mostrar brechas, ubicar fortalezas y abrir rutas de mejora. La pregunta no tendría que ser quién queda arriba o abajo. La pregunta seria es otra: qué capacidades necesita construir cada universidad para no improvisar frente a una tecnología que ya alteró la forma de aprender, evaluar y gestionar.

A la alta dirección universitaria, el Índice le ofrece un mapa. Incompleto, como todo mapa, pero útil para no caminar a ciegas. A las áreas académicas les ayuda a juntar problemas que hoy aparecen desperdigados: plagio, autoría, evaluación, capacitación, datos, plataformas, lineamientos. A las autoridades y organismos evaluadores les aporta señales sobre un campo que ya no cabe en la palabra innovación. Y a la sociedad le deja una pregunta incómoda: qué tan preparadas están las universidades para formar profesionistas en un mundo donde automatizar, analizar datos y decidir con criterio ya no son competencias de lujo.

La universidad mexicana no debería resolver este asunto desde el mostrador tecnológico. No es aduana de cumplimiento digital ni sucursal de proveedores. Su tarea es más áspera: formar criterio, producir conocimiento, defender autonomía intelectual y cuidar la dimensión humana de la educación justo cuando la velocidad técnica empuja en sentido contrario.

Por eso debe gobernarla antes de que la gobiernen la costumbre, el proveedor, la urgencia o el silencio.

México ya conoce ese costo. La educación a distancia se descubrió de golpe durante la emergencia sanitaria. La protección de datos se trató durante años como trámite jurídico, no como cultura institucional. Con la IA puede ocurrir lo mismo: primero se normaliza, luego se improvisa, después se intenta ordenar lo que ya aprendió a operar sin permiso.

El mayor aporte del ICGU 2026 estaría en incomodar con método, en obligar a las IES a mirar lo que hacen, lo que presumen y lo que todavía no se atreven a decidir. La universidad mexicana no enfrenta sólo una herramienta nueva, enfrenta una prueba de gobierno. Y esa prueba ya está en curso.
* Doctorando en Ambientes y Sistemas Educativos Multimodales; Premio Nacional de Periodismo 2024; CAMPUS Consulting.
Más información en: https://suplementocampus.com/icgu2026/