Filias y Fobias… del Poder/Miguel Ángel Rueda-Ruiz

* El Pato Merlín en La Mañanera presidencial.
* El travestismo de la Comunicación y el Gobierno.

En la liturgia del Poder nada es casual. Mucho menos en ese escaparate cotidiano en que se ha convertido la conferencia de prensa presidencial.
Escenario.
Tribunal.
Púlpito.
Plataforma propagandística.
Pasarela de agravios.
Reparto de culpas.
Y, de vez en cuando, circo de ocasión.
Ahí, donde se decide qué merece la atención pública y qué debe quedar relegado al rincón del olvido, apareció Merlín, el pato mundialista elevado a celebridad por el monstruo voraz de las redes sociales.
Y por la necesidad política de subirse a cualquier ola que garantice simpatía.
No fue un gesto inocente.
Tampoco una excentricidad menor.
La presencia del pato en La Mañanera fue, en realidad, una postal perfecta de estos tiempos.
El Poder buscando en la banalidad un respiro.
En la anécdota una coartada.
En la ternura un vehículo de distracción.
Un pato convertido en asunto presidencial mientras el país sigue cargando muertos, desaparecidos, extorsiones, hospitales fregados, farmacias vacías, carreteras destrozadas, corrupción enquistada y una vida pública donde la propaganda suele ir varios pasos adelante de la verdad.
El problema no es el pato. Merlín es apenas una criatura arrastrada por la ola de la viralidad. Una curiosidad simpática que la gente adoptó como emblema festivo de un Mundial celebrado, a cachitos, en casa.
El problema es el Poder en la época digital y de la inteligencia artificial, siempre ávido de apropiarse de cualquier símbolo que le permita humanizarse, parecer cercano, jugar a la espontaneidad y, sobre todo, ocupar el centro de la conversación aunque para ello tenga que colgarse de un pato.
El actual régimen asume que gobernar ya no consiste únicamente en administrar recursos, instituciones o conflictos, sino en administrar estados de ánimo.
Mantener la atención.
Fabricar conversación.
Dominar el ritmo del escándalo.

Interponer entre la realidad y la ciudadanía una cadena inagotable de estampas, ocurrencias, enemigos, frases virales, mantras y personajes pintorescos.
En esa lógica, Merlín no es una anécdota, es un recurso. Una pieza más en el tablero de la distracción emocional.
Lo grave es que esa operación se ha normalizado.
Que ya no sorprenda ver la solemnidad del Estado rebajada a la lógica del espectáculo.
Que se asuma como natural que una conferencia de prensa en Palacio Nacional, financiada con recursos públicos y presentada como instrumento de información republicana, termine convertida en vitrina para cualquier episodio capaz de generar clics, sonrisas o aplausos instantáneos.
El Poder ha descubierto que la trivialidad bien administrada también produce “raja política”.
Mientras el pato desfila por Palacio, la realidad hace fila afuera sin que nadie la reciba.
Ahí están las madres buscadoras que no caben en la foto oficial.
Los periodistas asesinados que no alcanzan el estatus de mascota nacional.
Las comunidades sin médicos, medicinas ni justicia.
Los expedientes de corrupción que duermen el “sueño de los justos”.
La violencia, las ejecuciones, las extorsiones que ya ni siquiera escandalizan porque se volvieron parte de lo
cotidiano.
Pero nada de eso tiene la ligereza visual ni la eficacia emocional de un pato con camiseta de la Selección.
Eso es lo llamativo del hecho. La jerarquía de las prioridades.
No porque un pato no pueda provocar simpatía, sino porque el Poder decidió colocarlo en la vitrina principal de la agenda pública.
El Poder escoge de qué se habla, también parece decidir de qué se deja de hablar.
Esa es la vieja trampa de la Comunicación Institucional travestida de cercanía.
No sólo pretende entretener. Pretende desplazar, suavizar, diluir, administrar el enfoque.
Hoy resulta que el Poder no se conforma con gobernar.
Necesita invadir el humor social.
Colonizar la conversación cotidiana.
Poner su sello hasta en la ocurrencia más inocente.
Si un grupo local o internacional, si una canción se vuelve popular, el Poder los presume en Palacio Nacional y corea los estribillos.
Si un meme prende, el Poder lo recicla y se sube al “trendelmame”.
Si una mascota improvisada despierta ternura, el Poder la invita a su escenario.
El Poder Absoluto no soporta la existencia de símbolos que no giren en su órbita. Todo debe terminar subordinado a su narrativa.
Merlín no llegó solo a Palacio. Llegó acompañado de una Época.
La época de un régimen que ya no aspira a explicar, sino a hipnotizar.
La del gobierno que prefiere porras antes que rendir cuentas.
La del discurso público degradado hasta convertirse en un catálogo de distracciones con apariencia de espontaneidad.
Detrás de esa escenografía amable, intacto sigue el viejo mecanismo del Poder. Controlar desde la luz y el tiempo, hasta el obturador y el encuadre.
Administrar la conversación.
Reducir la crítica a ruido de fondo.
Y vestir de cercanía y espontaneidad lo que en realidad es cálculo.
Desde esta perspectiva el episodio del pato resulta más revelador de lo que parece.
No por el animal, sino por el espejo que ofrece.
Un gobierno que necesita del espectáculo para seguir ocupando el centro. Una Presidencia que convierte lo frívolo en mensaje político. Una agenda pública donde la utilería tiene más espacio que la rendición de cuentas.
Un país donde la ternura es convocada al Salón Tesorería, pero la tragedia nacional sigue esperando turno en la antesala.
Al final, Merlín volverá a ser lo que es, una rareza simpática del Mundial.
Una estampa de redes.
Un paréntesis amable en medio del ruido.
El Poder y sus estrategas, en cambio, seguirán haciendo lo que mejor saben, exprimir la anécdota, teatralizar la realidad y confundir Comunicación con Gobierno.