* Arrebata Jalisco la Copa del Mundo a sedes mundialistas
Al finalizar el Mundial 2026, el estado supera en la mayor parte de los índices y rubros al resto de las ciudades anfitrionas
Por Víctor Hugo Arteaga
Jalisco ganó mucho más que cuatro partidos en la Copa del Mundo que llegó a su final ayer en Nueva York.
De hecho de Jalisco salió el campeón del mundo, que jugó ahí un partido que lo encaminó hacia el título.
Sí Su Alteza Real Leticia estudió en Guadalajara y después el destino quiso que fuera elegida por el ahora Rey Felipe como su esposa, la Selección Española también pasó por la Perla Tapatía para después de estar en ella coronarse como monarca.
Hay ciudades que organizan un Mundial. Y hay ciudades que se convierten en parte del Mundial.
Las de Jalisco pertenecen a las segundas.
Cuando la FIFA eligió a Guadalajara-Zapopan como una de las sedes de la Copa Mundial de 2026, muchos pensaron que sería simplemente otra escala dentro de un torneo repartido entre tres países, 16 ciudades y 48 selecciones.
Sin embargo, apenas bastaron unos cuantos días para que ocurriera algo distinto: Guadalajara dejó de ser una sede para convertirse en uno de los símbolos del torneo.
No fue casualidad. Fue el resultado de décadas construyendo una identidad que ninguna campaña publicitaria puede fabricar.
Mientras otras ciudades organizadoras presumían rascacielos, tecnología o estadios monumentales, Guadalajara ofreció algo mucho más difícil de conseguir: Autenticidad.
El visitante no llegó únicamente a un estadio. Llegó a la tierra del mariachi, del tequila, de la charrería, de la hospitalidad mexicana y de una cultura que no necesitó disfrazarse para agradarle al mundo.
Esa fue la gran diferencia. El Mundial no transformó a Jalisco. Jalisco hizo que el Mundial se pareciera un poco más a México.
Los números respaldan esa percepción.
El Estadio Guadalajara registró una ocupación promedio superior al 99 % durante los cuatro encuentros que recibió, prácticamente lleno en cada partido.
Además, Guadalajara se convirtió en una de las dos únicas ciudades del mundo en haber organizado tres Copas del Mundo (1970, 1986 y 2026), acumulando ya 21 partidos mundialistas, solo detrás de la Ciudad de México.
Pero las cifras cuentan apenas una parte de la historia.
Lo verdaderamente importante ocurrió fuera de la cancha.
Miles de aficionados caminaron por el Centro Histórico, llenaron Tlaquepaque, abarrotaron restaurantes, convivieron en las plazas públicas y descubrieron que el futbol puede ser la mejor carta de presentación de un país cuando existe orden, seguridad y orgullo por la propia cultura.
Durante meses hubo quienes pronosticaron el desastre.
Se hablaba de inseguridad. De problemas de movilidad. De infraestructura insuficiente.
Incluso hubo momentos en que algunos llegaron a preguntarse si Guadalajara estaría lista para recibir al mundo.
La respuesta terminó siendo contundente: Sí.
Y no solamente estuvo lista. Terminó siendo la sede más elogiadas del torneo por la atmósfera que logró construir.
Incluso después de semanas marcadas por desafíos locales, la ciudad consiguió revertir las expectativas y cerrar su participación con estadios llenos, una intensa vida pública y reconocimiento internacional.
Eso también deja una lección política. Cuando existe coordinación entre gobiernos, sociedad, iniciativa privada y ciudadanía, México puede organizar eventos del más alto nivel internacional.
Con frecuencia el discurso nacional se ha acostumbrado a explicar por qué las cosas no funcionan.
Guadalajara y Zapopan decidieron demostrar lo contrario. No necesitaron inventar una ciudad nueva. No escondieron su historia.
No intentaron parecerse a las grandes y cosmopolitas Nueva York, Los Ángeles o Toronto.
Simplemente fueron Guadalajara y Zapopan. Porque aunque para el mundo de la FIFA y de Infantino que todo lo hacen negocio, para los mexicanos y sus millones de visitantes, se sabe que la anfitrionía estuvo a cargo de estas dos ciudades hermosas.
Y quizá ahí estuvo el secreto.
El Mundial de 2026 también dejó otra enseñanza que vale la pena analizar.
Los grandes eventos deportivos no siempre generan el impacto económico extraordinario que suelen prometer los gobiernos.
Diversos análisis concluyen que, a nivel nacional, el efecto macroeconómico en México fue más modesto de lo esperado y muy desigual entre sectores y ciudades.
Pero reducir el éxito de una sede únicamente al dinero sería un error.
El verdadero legado de Guadalajara y Zapopan no se mide solamente en ocupación hotelera o derrama económica.
Se mide en reputación. En prestigio internacional. En confianza para futuros eventos.
En millones de personas que conocieron una ciudad distinta de la que muchas veces aparece en los titulares sobre violencia.
Durante unas semanas, Guadalajara fue noticia por otra razón.
Por su capacidad de organizar. Por su alegría. Por su pasión. Por demostrar que el futbol puede convertirse en una poderosa herramienta de diplomacia pública.
Mientras muchos países gastan fortunas intentando construir una marca nacional, Jalisco logró fortalecer la suya con algo mucho más sencillo: mostrando al mundo quién es realmente.
Eso explica por qué tantos aficionados regresarán. No únicamente porque hubo buenos partidos.
Sino porque encontraron un estado que los hizo sentirse bienvenidos.
En tiempos donde la competencia entre ciudades es global, esa quizá sea la victoria más importante de todas.
Porque los campeones levantan una copa.
Las grandes sedes construyen un legado.
Y en el Mundial de 2026, Jalisco hizo exactamente eso.



