Deadline/Víctor Hugo Arteaga

* Jaque a la Reina

En el ajedrez, las jugadas más peligrosas no siempre son las que capturan una pieza. A veces basta con moverla para obligar al adversario a revelar su estrategia.

Estados Unidos acaba de mover una.

Andrés Manuel López Beltrán confirmó este jueves que el gobierno de Donald Trump le retiró la visa para ingresar a territorio estadounidense.

El hijo del expresidente Andrés Manuel López Obrador respondió con una carta dirigida al propio Trump, en la que calificó la decisión como “politiquería” y señaló al secretario de Estado, Marco Rubio, y al subsecretario Christopher Landau.

No existe, hasta ahora, información pública que permita afirmar que la cancelación de la visa sea el preludio de una acusación penal contra Andy.

Pero tampoco sería sensato mirar el movimiento como un trámite migratorio cualquiera. Porque Andy no es un ciudadano cualquiera.

Es el hijo del expresidente que gobernó México durante seis años, el heredero político de una de las figuras más poderosas de la historia reciente del país y, aunque ya no ocupa un cargo en Morena, un político que acaba de iniciar formalmente su propia carrera electoral rumbo a una diputación federal por Tabasco.

López Beltrán dejó la Secretaría de Organización de Morena en mayo precisamente para buscar esa candidatura. Y aquí comienza a aparecer el tablero.

Porque mientras Washington cancela la visa de Andy, el expediente de Rubén Rocha Moya permanece abierto.

El gobernador de Sinaloa con licencia enfrenta acusaciones formuladas por Estados Unidos sobre presuntos vínculos con el Cártel de Sinaloa. Washington solicitó a México su detención provisional con fines de extradición.

Y apenas el martes pasado, Claudia Sheinbaum reconoció algo que resulta políticamente incómodo: Estados Unidos todavía no ha entregado la información solicitada por México para proceder con esa detención.

Dos movimientos. Dos personajes. Un mismo tablero político. Y una presidente en medio.

Porque Rocha Moya no es un personaje aislado. Es un político estrechamente identificado con el grupo que gobernó México durante el sexenio anterior.

Y Andy, aunque hoy se encuentre fuera de la estructura formal de Morena, representa precisamente la continuidad familiar y política de ese proyecto.

Aquí es donde la política empieza a parecerse al ajedrez. Washington no necesita anunciar que va por Andrés Manuel López Obrador.

No necesita acusarlo. No necesita siquiera mencionarlo.

Puede aumentar la presión sobre quienes están alrededor de él y observar qué sucede en México.

La cancelación de una visa no es una orden de aprehensión. No es una acusación criminal. No es una solicitud de extradición.

Pero sí es una señal política de enorme potencia cuando el destinatario es el hijo de un expresidente mexicano y cuando ocurre en medio de una ofensiva estadounidense que ya alcanzó a políticos mexicanos de primer nivel.

De hecho, la visa de Adán Augusto López Hernández —uno de los hombres más cercanos a López Obrador— también fue cancelada este año en el contexto de investigaciones estadounidenses sobre presuntos vínculos con el crimen organizado.

La pregunta entonces deja de ser solamente qué hizo Andy para perder su visa.

La pregunta empieza a ser otra: ¿Qué está tratando de conseguir Washington con este movimiento?

Y ahí aparece Claudia Sheinbaum.

La Presidente ha defendido una posición jurídicamente difícil de atacar: México necesita pruebas y debido proceso antes de detener y extraditar a un ciudadano mexicano.

En el caso de Rocha Moya ha insistido en que Estados Unidos debe presentar evidencia suficiente. También ha advertido que México no permitirá una intromisión extranjera en sus decisiones internas.

Es una postura de soberanía. Pero el problema para Sheinbaum es que el tiempo corre.

Porque si Estados Unidos entrega las pruebas que México está solicitando, la discusión cambia radicalmente. Ya no sería solamente una disputa diplomática.

Sería una decisión judicial.

Y entonces la presidente tendría que decidir si el principio de no impunidad pesa más que la necesidad de mantener unido al grupo político que la llevó a la Presidencia.

Ahí está el verdadero jaque a la Reina. Porque Sheinbaum tiene dos obligaciones que empiezan a chocar entre sí.

Por un lado, defender la soberanía nacional y evitar que Estados Unidos se convierta en juez de los asuntos mexicanos.

Por otro, demostrar que su gobierno no protege a nadie que haya cometido un delito.

Ella misma lo dijo cuando estalló el caso Rocha: México no protegerá a quien haya cometido un delito. El problema es que, en política, las palabras también tienen consecuencias.

Si Washington entrega pruebas contra Rocha Moya, Sheinbaum tendrá que actuar.

Y si después aparecen nuevos expedientes, nuevos nombres o nuevas cancelaciones de visas, cada movimiento tendrá un costo mayor.

Porque entonces la pregunta ya no será solamente quién está siendo investigado.

Será hasta dónde llega la red política que Estados Unidos está tratando de iluminar.

Y aquí aparece la figura de López Obrador.

No porque exista evidencia pública de que Estados Unidos esté preparando una acción contra él. No la hay.

Pero sí porque resulta imposible separar políticamente a Rocha Moya y a Andy del expresidente.

Rocha fue uno de los gobernadores más identificados con López Obrador. Andy es su hijo.

Y ambos aparecen hoy, por razones distintas, en el radar de una relación bilateral que atraviesa uno de sus momentos más delicados.

Eso es lo que convierte la cancelación de la visa en algo mucho más interesante que una simple noticia migratoria.

Es una pieza colocada sobre el tablero. Y Claudia Sheinbaum tiene que decidir cómo responder.

Porque puede defender a Andy de lo que considere una decisión injusta. Puede exigir explicaciones a Washington. Puede reclamar pruebas en el caso Rocha.

Puede defender la soberanía.

Pero también sabe que cada defensa política tiene un límite cuando aparecen expedientes judiciales.

Y ese límite se llama evidencia.

Por eso la verdadera batalla quizá todavía no ha comenzado.

La pregunta no es si Estados Unidos quiere “cazar” a Andy.

Tampoco sabemos si busca llegar políticamente a López Obrador a través de su hijo. Eso sería especulación.

Lo que sí sabemos es que Washington ya ha demostrado que está dispuesto a utilizar herramientas políticas y migratorias contra personajes mexicanos de alto nivel, mientras mantiene abiertas investigaciones y acusaciones relacionadas con presuntos vínculos entre políticos y organizaciones criminales.

Y ahora ha tocado una pieza particularmente sensible: El hijo del expresidente.

Justo cuando el expediente Rocha sigue esperando información.

Justo cuando Sheinbaum tiene que decidir cuánto puede defender a quienes pertenecieron al viejo círculo de poder sin comprometer su propia promesa de no proteger a nadie.

El tablero se está cerrando.

Y en el ajedrez, cuando una reina recibe jaque, no siempre tiene una buena salida. Puede capturar al atacante. Puede mover la pieza. Puede bloquear el ataque.

O puede sacrificar otra pieza para salvar la partida.

La pregunta que empieza a recorrer los pasillos del poder es brutalmente sencilla: ¿A quién estaría dispuesta Claudia Sheinbaum a sacrificar para no perder la partida?

¿A Rocha? ¿A Andy? ¿A alguna otra pieza del viejo obradorismo?

¿O está dispuesta a jugar una partida propia, aunque eso signifique romper definitivamente con algunos de los hombres más cercanos al expresidente?

Porque quizá eso es lo que Washington acaba de poner sobre el tablero.

No un jaque a López Obrador. No todavía.

Un jaque a la Reina. Y ahora le toca mover a Sheinbaum.