​Entre Gitanos/​Rocío Magaña

«Tablero desbocado en Veracruz: 10 partidos políticos, Morena se traga los cuadros de sus aliados históricos y la sombra de la violencia de cara a la elección intermedia»

​A unos cuantos meses de que el árbitro electoral dé el banderazo oficial para la renovación de las 30 diputaciones de mayoría y las 20 plurinominales que componen el Congreso del Estado, el tablero político parece una coctelera agitada sin mesura. Las alianzas se tejen con saliva, los expartidarios cambian de sotana con una velocidad digna de cirquero y, por si fuera poco, la violencia ha vuelto a sacudir las entrañas del partido en el poder, dejando una estela de sombras que ni la retórica oficial logra disimular.

​El termómetro institucional marca una cifra feroz: un padrón electoral depurado que ronda los 6 millones 47 mil 550 ciudadanos, con una ligera pero significativa mayoría de votantes femeninas que rebasan los 3.19 millones. Sobre esta base poblacional, el Organismo Público Local Electoral (OPLE) confirmó que Veracruz operará oficialmente con 10 partidos políticos con registro y financiamiento garantizado, cada uno con una aministración inicial cercana a los 5.4 millones de pesos para este tramo del año. Una cifra que, lejos de enriquecer la democracia, promete atomizar el sufragio y regalarle a la maquinaria guinda el escenario perfecto: una oposición tan fragmentada que dispersa el voto útil mientras el aparato oficialista hace lo suyo en tierra.

​En medio de este mar revuelto, el sismo político más agudo estalló el día de ayer, cuando Vicente Aguilar Aguilar decidió colgar los guantes tras 21 años de militancia ininterrumpida y liderazgo al frente del Partido del Trabajo (PT). Su brinco inmediato a las filas de Morena no es un detalle menor; desnuda la voracidad del partido hegemónico por absorber cuotas de poder territorial y vaciar a sus aliados históricos, aunque ello signifique patear el avispero interno y dejar a los fundadores locales con las manos vacías frente a la repartición de las codiciadas curules de 2027.

​Y es que la digestión de la hegemonía no es limpia. Por un lado, las dirigencias nacionales de la oposición como la del priista Alejandro Moreno Cárdenas, intentan agitar las aguas proponiendo un gran Frente Amplio Opositor que sume al PRI, al PAN y hasta a Movimiento Ciudadano (MC). Sin embargo, la propuesta choca contra la realidad de las tribus locales: recelos históricos, liderazgos desdibujados y el estreno en el blanquiazul de Ana Cristina Ledezma López, la primera mujer en presidir al PAN veracruzano en 86 años, quien hereda el titánico reto de decidir si se sube a una alianza híbrida o camina al despeñadero en solitario. A esto se suman fuerzas emergentes como el partido local Somos, encabezado por Julián Javier González Suárez, dispuesto a pelear hasta 49 candidaturas de manera individual, pulverizando aún más el espectro opositor.

​Pero la verdadera procesión va por dentro, y los costos políticos más caros para la autodenominada Cuarta Transformación no provienen de las urnas, sino de la tragedia y la violencia que manchan el ejercicio del poder. El reciente y consternante asesinato del diputado federal y exsecretario de Educación, Zenyazen Escobar García, hallado sin vida con un impacto de bala al interior de su vehículo en la carretera federal Xalapa-Veracruz, a la altura del municipio de Puente Nacional, y cuya indagatoria atrajo la propia Fiscalía General de la República (FGR), ha colocado al movimiento oficialista ante un espejo sumamente incómodo.

​El deceso de Escobar García, marcado por la polémica mediática que lo precedió en la Cámara baja y por el eco ineludible de una crisis de seguridad que no respeta curules ni colores, golpea duramente la narrativa de estabilidad que el régimen intenta vender rumbo al proceso intermedio. Cuando los operadores de alto nivel terminan abatidos en las cunetas de las carreteras veracruzanas y las corporaciones federales reportan bajas en emboscadas como la reciente en la zona central del estado, el discurso oficial de que «todo está bajo control» se tambalea peligrosamente.

​A Morena le urge contener los daños. La incorporación de expactistas pragmáticos y el blindaje mediático frente a la violencia endémica se contraponen en una pinza letal: por un lado, se tragan los cuadros de la vieja guardia para asegurar votos; por el otro, la descomposición de la seguridad pública y los escándalos internos erosionan el capital moral con el que ganaron las simpatías ciudadanas.

​El proceso electoral de 2027 ya no se jugará únicamente con base en estructuras aceitadas y programas sociales; se definirá en el terreno pantanoso de la impunidad, el miedo y la decepción de un electorado que asiste, atónito, al desfiladero de una clase política local desgastada y que parece devorarse a sí misma antes de llegar a las urnas.

«En fin, con el permiso de su excelencia… esto no es una columna sería».