* La gobernadora de barro
Tomado de Eje Central
1ER. TIEMPO: Superación infame. Cuando nadie se imaginaba que habría un peor gobernador en Veracruz que Cuitláhuac García, llegó Rocío Nahle. Zacatecana de nacimiento, Nahle llegó a Veracruz hace más de 30 años sin mucho en el equipaje, encontrando una pequeña casa destinada a petroleros en Allende, la comunidad más importante de Coatzacoalcos. Ingeniera petroquímica, empezó a trabajar en el complejo Pajaritos, pero no hizo raíces. Se hizo amiga de Roselia Barajas, una bióloga esposa de José Pablo Robles Martínez, un hombre amable, periodista serio y profesional, que durante años fue jefe de Redacción de El Heraldo de México y regresó a su tierra donde fundó hace 47 años el Diario del Itsmo. Los Robles Martínez fueron quienes le cambiaron la vida a Nahle, cuando Roselia le presentó a Andrés Manuel López Obrador hace unos 25 años, a quien había conocido en 1988 cuando acompañó al entonces candidato presidencial, Cuauhtémoc Cárdenas, que se detuvo en su casa en Coatzacoalcos para saludarlos. Nahle comenzó una carrera política de su mano, convirtiéndose en una pieza incondicional, a quien, en pago, empoderó enormemente. Nahle no entendió que el poder desnuda a quien lo ejerce. No se notó en la Cámara de Diputados, donde coordinó la bancada de Morena, pero empezó a revelarse como secretaria de Energía, responsable de la construcción de la refinería de Dos Bocas, que planeó su costo en ocho mil millones de pesos y terminó costando casi el triple, sin que haya llegado ni a la mitad de la producción que se prometió estaría en 2024. No fue la capacidad técnica ni el talento político que presumía desde su paso por la Secretaría de Energía lo que la distinguió tiempo después cuando llegó a la gubernatura de Veracruz, sino una mezcla de soberbia, improvisación y desconexión con la realidad. Desde que asumió la gubernatura, Nahle intentó construir un relato épico de sí misma: la ingeniera austera, la mujer de convicciones, la continuadora del proyecto lopezobradorista. Pero la narrativa se fue desmoronando con la rapidez con que caen los puentes mal construidos en su estado. La gestión pública se volvió un campo de lealtades personales, favores políticos y decisiones erráticas. Su relación con políticos de oposición, empresarios y, sobre todo, con periodistas, ha estado marcada por la confrontación pública, las acusaciones cruzadas y una disputa constante por la credibilidad. Altanera y prepotente, ha seguido la línea marcada por López Obrador: cuando critican su gestión, ataca, insulta, amenaza. Nunca aceptes errores, no rectifiques, culpa al pasado, afirma que se trata de un ataque al movimiento. Lo ha seguido al pie de la letra, sin darse cuenta que, como le está pasando a López Obrador, llega el momento donde la palabrería y la propaganda ya no alcanza para tapar la incompetencia que ha exhibido la realidad. Y es entonces cuando viene el punto de retorno.
2DO. TIEMPO: Las sospechas de corrupción. Desde la campaña para la gubernatura de Veracruz hace dos años, la sospecha de corrupción ha perseguido a Rocío Nahle. Fue el empresario Arturo Castagné Couturier el que levantó la polvareda, al denunciar ante la Fiscalía General a la entonces candidata de Morena a la gubernatura, y a su esposo José Luis Peña, como presunta responsible de enriquecimiento ilícito al adquirir propiedades con un valor cercano a los 100 millones de pesos. Castagné Couturier declaró a la prensa al salir de presentar la denuncia, que confiaba en la justicia mexicana. Pero nunca llegó. Durante la campaña también aparecieron presuntos depósitos de Nahle en el paraíso fiscal de Bahamas, que la entonces candidata desmintió, aunque lo hizo parcialmente, enfocando su respuesta al campo de la política, que cierta o falsa la documentación, quedó sembrada la duda de su integridad en el imaginario nacional. Le aparecieron propiedades en el extranjero, entre ellas un departamento en Manhattan, que ella negó que fuera suyo, pero que su equipo de seguridad le confirmó a la presidenta Claudia Sheinbaum que ese departamento en el lujoso Upper West Side que había tenido un costo de cerca de tres millones de dólares, sí era de ella. Nada sucedió, otra vez. También se presentó una demanda de investigación en la Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos, por presunta corrupción y pagos ilegales a funcionarios mexicanos y extranjeros, y por presuntas cuentas a su nombre en Bahamas y las Islas Vírgenes. Aquello se quedó en el olvido. La diputada María Elena Pérez-Jaén, presentó 35 denuncias penales en la Fiscalía General de la República, por presuntas irregularidades y desvíos millonarios por más de 530 millones de pesos en la construcción de la refinería de Dos Bocas, y una adicional en la Secretaría Anticorrupción, por inconsistencias e ingresos adicionales no comprobados por más de siete millones y medio de pesos, en sus declaraciones patrimoniales de 2019 a 2022. Dos años y medio después, nada ha pasado. Lo último fue reciente. El periodista independiente Luis Chaparro, aseguró que el esposo de Nahle, estaba en la nómina de Iván Cazarín, apodado El Tanque, y que era el responsable de todo el sur y el sureste, de Coatzacoalcos a Chetumal, del Cártel Jalisco Nueva Generación. Según Chaparro, era partícipe de una red de enriquecimiento mediante el suministro de balasto para los trenes que ordenó contruir el expresidente Andrés Manuel López Obrador. Eso se publicó hace casi dos semanas, y tampoco ha pasado nada. Nahle no tiene el teflón de López Obrador, pero sí el aura de impunidad que protegé y blinda a los miembros prominentes de la 4T.
3ER. TIEMPO: La jefa malhumorada. El boulevard Adolfo Ruiz Cortines es lo que ha dividido desde hace un año a Poza Rica entre lo que quedó mal y lo que está peor. Del boulevard al río Cazones, miles de personas sufrieron las consecuencias de las aterradoras lluvias que azotaron cinco estados en octubre del año pasado, aunque en ninguna parte como en Veracruz, donde las autoridades estatales colapsaron y las municipales nunca estuvieron. En esas colonias de Poza Rica, el lodo tapaba todo. El agua estaba descompuesta. Los olores eran fétidos. La basura se acumulaba sobre la tierra mojada, donde había animales muertos porque se habían ahogado. A esas colonias, entre el boulevard y el río Cazones, nunca llegó la ayuda federal prometida. La maquinaria para limpiar y buscar la normalización de la vida cotidiana no alivió a las colonias más afectadas. Las brigadas médicas, las únicas que operaron en el Poza Rica profundo aquellos días, tienen tiempo de haberse ido. Poza Rica se convirtió en el ícono de las consecuencias de la destrucción institucional de los últimos siete años y el empoderamiento de incompetentes en los gobiernos que dejó etiquetados el expresidente Andrés Manuel López Obrador. Una de las máximas exponentes del desastre es Rocío Nahle, en Veracruz. Cinco horas antes de que colapsaran los servicios en Veracruz hace un año, la presidenta Claudia Sheinbaum recibió un informe de la Conagua alertándola de lo que venía. Buscó a la gobernadora, una, dos, tres veces, pero nunca se pudo comunicar con ella hasta que ya era demasiado tarde. Nahle se había tomado unos días en el norte del país, sin importarle la información sobre lo que se avecinaba en su estado. Cuando la presidenta le reclamó, le salió respondona. La altanería común de Nahle extendió su brazo con la presidenta. Al águila se le respeta, no se le rebate. Y cuando se hace para justificar su incompetencia, como fue en aquel momento, lo único que logra es ahondar el desprecio con el que la están tratando sus gobernados y provocar la ira de la presidenta. La tragedia de cientos de familias desplazadas, caminos colapsados, y comunidades enteras incomunicadas no fue sólo producto de la furia de la naturaleza, sino del abandono sistemático de la infraestructura y de la falta de planeación. Nahle llegó al poder con la promesa de eficiencia, y terminó ofreciendo propaganda. Habló de honestidad y juró transformar, pero ha terminado administrando el desastre. Nahle no tiene la habilidad política ni el carisma para suavizar su autoritarismo. Las tormentas han puesto en entredicho a la gobernadora y exacerbado las contradicciones que creo su forma de gobernar, como si fuera una prolongación de su oficina en Dos Bocas: con disciplina déspota, temperamento de jefa malhumorada, y la convicción de que la obediencia es más importante que la competencia.
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