Del mar a la basura: crónica de una pesca que nadie compra por temor a contaminación por hidrocarburo

Quetzalli Carolina Vázquez

Alvarado, Ver., 11/04/2026.- Llego a Alvarado después de dos horas de camino, el aire cambia antes que el paisaje: huele a sal, a humedad, a mar; aquí, la pesca no es un oficio: es la vida pero, de unas semanas a la fecha, algo se detuvo.

No escucho motores, no veo redes…
—No hay venta —me dicen, y
en esa frase cabe todo.

Camino entre lanchas inmóviles, nadie prepara salidas, nadie carga hielo, nadie negocia porque nadie compra.

El derrame de hidrocarburo detectado en febrero pasado, no solo tocó el agua, tocó la confianza y cuando la confianza se rompe, el mercado se apaga.

Voy a la comunidad de Coyolillo y busco la cooperativa, me indican el camino, entro; el espacio es sencillo: sillas de plástico, hieleras, miradas largas, pescadores sentados, no hay movimiento.

—El presidente no está —me dicen—. Se fue a la cabecera municipal, a una reunión.

Me identifico, explico quien soy y les digo que quiero entender y transmitir a los lectores cuánto les afectó el derrame.

Le marcan, contesta.
—Sí me atiende… pero regresa en una hora.

Mientras espero, un pescador de nombre Gregorio, rompe el silencio:
—La venta cayó más del 70%, no duda, no matiza, lo dice con toda la seguridad que le dan decenas de años siendo pescador.

—La gente cree que el marisco está contaminado.
Los compradores fuertes —restauranteros del puerto de Veracruz— no llegaron esta temporada.
—El gobierno dice que sí hubo gente en las playas, lo que no dice es que no comieron mariscos.

LA SEMANA SANTA PASÓ SIN VENTAS.

—Lo que no se vende, se tira, me dice y hace una pausa, o se entierra.

—¿Apoyo para 800?… aquí somos más de 7 mil, su dicho no es reclamo, es diagnóstico.

Salgo de la cooperativa, llego al área de restaurantes; los
letreros intentan atraer a quien pase: “Ostión a 20 pesos la docena”.

Entro al restaurante «Lupita»
—Tres empanadas de camarón.
La dueña y su hija me cuentan otra versión del mismo problema; compraron marisco un mes antes como cada año, para prepararse porque en temporada alta venden hasta 40 kilos diarios, este año, no.

—No llegaron turistas.
Y los pocos que llegaron…
—Comieron pollo, hamburguesas, el marisco sigue guardado, esperando venderse.

Les pido la entrevista, se miran.
—Nos da pena… pero lo que le dijimos es la realidad y entonces, contradicen el discurso oficial con una frase sencilla: sí hubo afectaciones.

Sobrevivieron a la temporada porque venden otras cosas, no porque los consumidores de mariscos estén respondiendo.

Vuelvo a la cooperativa, ahora sí, Samuel, el presidente, llegó y me está esperando… Lo veo antes de que hable: cansancio en el gesto, molestia contenida pero no rodea el tema.
—No hay venta.

Abre un refrigerador, está lleno de bolsas de pulpa de camarón apiladas, frías, sin salida.
—No hay venta —repite.

Le pregunto: —¿De qué van a vivir?, levanta la mirada, la sostiene en el cielo, hace un silencio y después responde:
—Del Espíritu Santo… yo creo.

Habla de apoyos: les dijeron que 15 mil pesos pero no sabe cuándo, no sabe cuánto durarán, no sabe si alcanzarán.

La gobernadora ha dicho que serán directos, sin intermediarios y en este tema
la respuesta es inmediata:
—Aquí todos somos pescadores… no hay intermediarios.
Luego, el reproche:
—No sé por qué hay gente que dice cosas que no son.

Ni siquiera han iniciado los censos, me dicen, la promesa existe, el apoyo, no.

Entonces le pregunto cuánto pueden aguantar los pescadores sin ingresos y deja clara su postura:
—Si es necesario, vamos a cerrar la carretera federal.

No lo dice alto, lo dice firme.
—Aquí, somos unidos.
En Coyolillo, eso no es una consigna, es una advertencia.

En Alvarado la ecuación no necesita explicación: No hay consumo, no hay venta, no hay dinero y sin dinero, no hay comida.

En ese municipio costero, lo que dejó el derrame no es solo un daño ambiental, es una cadena rota.

Pescadores que no venden,
restaurantes que no compran, consumidores que no llegan y los que llegan desconfían… El
mar sigue dando, pero lo que sale de él ya no encuentra destino.

En Alvarado, todos esperan; esperan que llegue el verano, esperan que el chapopote deje de aparecer en la orilla, esperan que la gente vuelva a confiar.

Pero la espera también desgasta.

Hoy, el pescado se queda, el
marisco se congela, las pérdidas se acumulan y el tiempo corre.

Porque aquí, el problema no solo es el derrame, es lo que vino después: la vida detenida… y la ayuda que no llega.

Así termino la entrevista, les agradezco el tiempo y al despedirme y con la cámara apagada llega una petición:

— ¡Ayúdenos!, me dicen, ayúdenos a que allá en Xalapa se enteren, que reconozcan que estamos afectados, que apoyen a los pescadores, que la gobernadora se apiade de nosotros y de nuestras familias…