El götterdämmerung de Trump/Manuel Enríquez

Götterdämmerung, esta palabra compuesta significa: «ocaso de los dioses”.

Richard Wagner, el famoso compositor alemán, convirtió esa palabra en referencia mundial al utilizarla para titular así, Götterdämmerung, una ópera épica con la que quiso simbolizar el fin de una era, el fin de los dioses y/o «morir antes que rendirse».

Con su música enmarcó el fin del Dios corrupto de la mitología nórdica, hacedor de contratos a conveniencia.

Fin de una era, cuenta la tragedia, de deslealtades, de abusos, de avaricias y descomposición humana, para luego resurgir sobre sus ruinas una nueva era humana, plena en amor y armonía (una utopía, claro).

Escuchar la partitura resulta lenta y dramática.

El punto es que en días como hoy, entre el 30 de abril y el 2 de mayo, pero de 1945, ocurrió el fin de una era con el suicidio masivo de nazis, empezando con el de Hitler.

Ese trágico fin del nazismo se conoce en la historia como el “suicidio wagneriano de nazis”, justamente porque representa el fin de la era hitleriana en el mundo como también Wagner representa con su partitura el fin del máximo Dios nórdico, por abusivo y corrupto.

Hitler y su esposa se suicidaron con cianuro y 200 mandos alemanes más hicieron lo mismo.

Algunos comandantes del ejército nazi le dieron cianuro incluso a sus propios hijos.

Poblados enteros de Alemania también se suicidaron, unos por miedo a la venganza de los rusos, ingleses y estadounidenses y otros por lealtad al fuhrer, a quien habían endiosado tanto, y a tal grado, que sin Hitler, consideraron, la vida no tenía sentido, de plano.

Así es que el Götterdämmerung de Wagner es referencia trágica en el mundo cuando se habla del fin de una era, del ocaso de los dioses o del
fin del planeta.

Hitler llegó a la locura en el poder militar. Dispuso despiadadamente de la vida de millones de seres humanos de todas las edades y sin distinción de género.

Pero cayó, al fin cayó; y con él terminó una época de oscuridad terrible que amenazaba a la humanidad entera.

Trump hoy en día es un genocida en acción y televisado a todo el mundo en tiempo real.

A Trump le va a llegar su hora…

Le va a llegar su Götterdämmerung como le llegó a los dioses nórdicos, a Hitler y a todos los nazis.

Y entonces le entronaremos de viva voz la ópera de Richard Wagner…

Y recordaremos a Brunilda, heroína de la motología medieval, enmarcada con la partitura wagneriana y a buen volúmen, cuando con antorcha prendida en la mano y el anillo de oro en la otra, cabalgó a toda velocidad hacia las aguas del Rin, sin parar, para inmolarze y de esa forma, al ofrendar su vida, purificar a la humanidad mientras el corrupto Dios Wotan, sentado, esperó la muerte en fuego (morir antes que rendirse) al igual que la destrucción de su ciudad.

A Trump le llegará su hora y, en su entorno de oro y de apuestas, tendrá que enfrentar la espada de la justicia cuando el índice de fuego lo señale.

Y así, será el fin de otra era. Y quizá con ello el fin del imperio gringo.

El problema, sin embargo, es mayúsculo cuando la arrogancia y el delirio por el poder, en el poder y por más poder, como ahora ocurre, lleva a alguien a la locura de considerar que es poseedor de la misión divina del mesías, a creer que es omnipotente y destinado a “salvar” al mundo. Y que por eso tiene derecho de saquear, destruir, asesinar y apoderarse de la riqueza de otros pueblos aprovechándose del poderío bélico.

La situación es inconmensurablemente peligrosa si ese alguien delirante tiene uno de los ejércitos más poderosos del mundo.

Multiplíquese por cien o por mil el peligro si en las manos del perturbado está el botón nuclear.

Asi entonces el creerse mesías resulta un enorme riesgo y por lo mismo un gran problema.

Donald Trump ha llegado al absurdo de emular a Cristo en las redes sociales devolviéndole la vida a un moribundo, sanando enfermos o condenando al infierno a líderes, dirigentes, pueblos e incluso decretando la desaparición de civilizaciones enteras mediante acciones militares genocidas, sin vergüenza y en nombre de la justicia divina.
Esperemos, pues, y no tarda, el réquiem Götterdämmerung para Trump y para el sistema que lo sostiene.
Ese día sonará fuerte y lejos, y en todas las plazas públicas del mundo, la ópera épica de Richard Wagner.
Por mientras estoy aquí esperando a que caiga…, sí, a qué caiga…, pero a que caiga al menos un manguito (de árbol que tengo al lado).
Sin whiskito, no podría esperar tal caída. El problema es que en la espera ya hasta alemán ando hablando
“Gotterdammerung”