Entre Tirios y Troyanos/Fernando Mendoza

* Académico, Analista Político y Consultor Media Training

*PRI: El muerto que nadie quiere cargar*

Alejandro Moreno ha emprendido una cruzada por la unidad opositora. Su diagnóstico parece sencillo: si el PRI, el PAN y Movimiento Ciudadano no se ponen de acuerdo, Morena tendrá el camino despejado para ganar buena parte de la batalla electoral de 2027. Hasta ahí, el dirigente priista plantea un problema real. El detalle es que pretende resolverlo con una receta que no todos están dispuestos a comprar y, sobre todo, con una peculiar forma de negociar: quien no acepta su propuesta termina bajo sospecha de servirle al adversario.
Según esta lógica, el PAN debe aliarse con el PRI porque de otro modo difícilmente podrá derrotar a Morena; MC debe abandonar sus aspiraciones propias porque, de lo contrario, se convierte en aliado del oficialismo.
La conclusión es conveniente para Alito: si los demás aceptan, él gana capacidad de negociación; si se niegan, él se presenta como el defensor de la unidad frente a una oposición supuestamente irresponsable.
El problema es que la política no funciona con certificados de patriotismo expedidos desde una dirigencia partidista. Tampoco basta con acusar a los demás de tener intereses particulares para demostrar que los suyos son superiores.
El obstáculo para construir una gran alianza opositora no es la falta de voluntad de los demás, sino el evidente costo de asociarse con el PRI.
Las encuestas ofrecen elementos para tomar en serio ese escenario, en agosto de 2026, una medición de Mitofsky reportó 58.6 por ciento de opinión negativa sobre el tricolor, frente a 51.5 por ciento para el PAN. En septiembre, otra encuesta, de Polister, colocó la opinión negativa del PRI en 71.3 por ciento.
Hay que dejar en claro que son estudios distintos y no deben mezclarse como si fueran una sola serie estadística, pero ambos apuntan a un problema evidente: la marca priista arrastra un desgaste más que evidente.
El PRI conserva cuadros, estructuras territoriales y experiencia electoral, no se pueden negar esos activos, pero una cosa es tener operadores y otra convencer a quienes no quieren volver a votar por el partido, la maquinaria puede movilizar a los convencidos, pero no necesariamente conquista a quienes ya decidieron no regresar al pasado.
Lo paradójico es que Alejandro Moreno, pretende que los demás partidos arriesguen su capital político para salvar una estrategia que todavía no demuestra cuánto puede aportar el PRI y cuánto puede costarles a sus aliados.
El PAN ya conoció el dilema, recordemos que en 2024 concurrió con el PRI y el PRD bajo la candidatura presidencial de Xóchitl Gálvez. La coalición obtuvo 27.45 por ciento de los votos, mientras Claudia Sheinbaum alcanzó 59.76 por ciento y Movimiento Ciudadano, con Jorge Álvarez Máynez, consiguió 10.32 por ciento. Es cierto que el resultado no prueba que el PRI haya hundido al PAN; sería una conclusión causal que requeriría más evidencia, pero sí deja una pregunta pendiente: ¿la alianza consiguió ampliar suficientemente su base electoral?
Sumar las siglas no siempre produce una suma de votos. A veces, los partidos juntan sus estructuras y también sus negativos. Y cuando la marca de uno de los socios provoca rechazo, el otro puede terminar pagando una factura que no le correspondía por completo.
La discusión se vuelve todavía más interesante cuando aparece Movimiento Ciudadano.
El partido naranja obtuvo 6.2 millones de votos presidenciales en 2024 y alrededor de 11.3 por ciento de la votación para diputaciones federales de representación proporcional. No es una fuerza capaz de disputar por sí sola la Presidencia en condiciones equivalentes a Morena, pero tampoco es un actor irrelevante al que se pueda ordenar que entregue sus candidaturas para completar una coalición ajena.
MC ha intentado construir una identidad distinta de la oposición tradicional. Su apuesta consiste en captar a ciudadanos que no se sienten representados por Morena, pero tampoco quieren regresar a la fórmula PRI-PAN. Esa estrategia puede discutirse, cuestionarse y someterse a prueba, pero tiene una lógica política reconocible.
Para MC, una alianza con el PRI puede representar un riesgo de marca. Si su argumento es que existe una alternativa distinta a los partidos tradicionales, compartir boleta con el tricolor puede desdibujar esa diferencia. Y si su votación sigue creciendo, tendrá más incentivos para negociar desde una posición propia, en lugar de aceptar una coalición diseñada por Moreno.
En determinados distritos y estados, la fragmentación puede facilitar victorias de Morena. MC tiene que demostrar que su independencia sirve para construir una alternativa competitiva y no simplemente para conservar espacios políticos; negarse a una alianza no equivale, por sí mismo, a convertirse en aliado del oficialismo, confundir el efecto electoral de una decisión con la intención política de quien la toma es un recurso de propaganda, no una demostración.
Hay territorios donde una coalición puede sumar estructuras, coordinar votos y competir con posibilidades reales. En otros, la alianza puede restar simpatías, ahuyentar electores y convertir una candidatura competitiva en una operación de difícil digestión.
La respuesta exige encuestas con escenarios comparables, análisis de resultados por distrito, mediciones de rechazo partidista y evaluaciones de los candidatos. Si el PRI suma más de lo que resta, que lo demuestre. Si conserva fuerza territorial, que la ponga sobre la mesa. Si tiene candidatos competitivos, que los presente. Lo que no puede pretender es que los demás acepten su liderazgo por decreto y después sean acusados de traición cuando preguntan cuánto cuesta.
En 2027 se renovarán 500 diputaciones federales y habrá elecciones para 17 gubernaturas, además de miles de cargos locales. Una contienda de esa magnitud no se resuelve con una fotografía de unidad ni con una colección de reproches. Requiere estrategia territorial, candidaturas competitivas, acuerdos viables y una narrativa que conecte con electores que ya no se conforman con elegir al menos malo.
Morena también tiene problemas, conflictos internos y gobiernos sujetos al escrutinio ciudadano; la oposición podría capitalizar sus errores, pero necesita ofrecer algo más que la promesa de sacar al partido gobernante necesita demostrar que puede gobernar mejor, pero el pasado de los partidos tradicionales pareciera una pesada losa que afecta la credibilidad ante el elector.
El PRI tiene una tarea pendiente que Alejandro Moreno parece querer resolver al revés: antes de exigir que todos se unan alrededor de sus siglas, tendría que explicar por qué esas siglas deberían inspirar confianza.
Porque la unidad puede ser una herramienta electoral, pero no es una absolución histórica. No borra los antecedentes, no elimina los negativos ni convierte automáticamente a los aliados en una opción atractiva.
Quizá el mayor error de Alito sea creer que la oposición necesita al PRI exactamente en los términos que él propone.
El PAN puede buscar acuerdos selectivos; MC puede intentar consolidar su crecimiento; y ambos pueden concluir que una alianza nacional no les conviene y eso no los convierte automáticamente en cómplices de Morena, sin embargo, los obliga a responder por sus decisiones y sus resultados.
La política no es una ceremonia de lealtades, es una competencia por la confianza ciudadana y si el PRI quiere volver a ser protagonista, tendrá que reconstruir esa confianza antes de exigir que los demás arriesguen la suya, de lo contrario, Alejandro Moreno podría terminar haciendo campaña no para sumar a la oposición, sino para recordarle a todo el mundo por qué tantos electores prefieren mantener al PRI en la distancia.
En política, como en la vida, hay alianzas que suman fuerza y alianzas que comparten desprestigio… la matemática electoral no puede convertir automáticamente lo segundo en lo primero.
Los leo…

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