Centro Católico Multimedial
Irma Hernández Cruz, maestra jubilada y taxista, levantada y asesinada en Álamo Temapache, Veracruz, es la imagen que ya se nos ha hecho costumbre y que salpica a las redes sociales con morbo y oprobio normalizando la cultura de la narco-violencia; no es solo una tragedia individual, es un reflejo de la rampante descomposición social e impunidad que imperan en un estado asfixiado por el crimen organizado y que pronto se ahogará con detenciones menores, pero no con la de los principales hacedores del mal.
La brutalidad con la que la Mafia Veracruzana, una escisión del Cártel del Golfo conocida también como Grupo Sombra, ejecutó a esta mujer trabajadora y madre de familia vuelve a poner en boca de todos el escándalo y la ruptura del Estado de derecho, la complicidad, por acción u omisión, de las autoridades que han tolerado que la violencia escale llevándonos a imágenes inverosímiles cuando una mujer de 62 años años aparece subyugada en una absurda muestra del poder del narco que se ha enquistado en la vida cotidiana.
Irma Hernández, quien tras 40 años de servicio como maestra trabajaba como taxista para complementar su pensión, fue secuestrada el 18 de julio de 2025 frente al mercado municipal de Álamo, Veracruz. Un estrujante video de una pandilla armada rodeando a la mujer arrodillada, obligada a leer un mensaje intimidatorio: “Con la Mafia Veracruzana no se juega. Paguen su cuota como debe ser, o van a terminar como yo” era el epitafio que marcó el desenlace fatal. Seis días después, el cuerpo de la maestra fue hallado en un rancho en Tepetzintlilla, víctima de un supuesto infarto provocado por las agresiones sufridas durante su secuestro.
Como ya es usual, la respuesta oficial quiso aparentar dureza, pero fue ridícula e indignante. La gobernadora del Estado afirmó que la maestra murió de un “infarto”, en declaraciones que suenan a un intento de suavizar la gravedad del caso. Aunque la Fiscalía General del Estado de Veracruz reportó la detención de tres presuntos implicados, la confianza en las instituciones está erosionada.
Sirve de poco una condena enérgica a la normalización de la extorsión como un impuesto de sangre que el crimen organizado cobra a los trabajadores más vulnerables: taxistas, comerciantes, transportistas. Grupos como la Mafia Veracruzana se mueven porque alguien más alto que los proteje y tolera usando tácticas de control social como repartir despensas o imponer toques de queda para afianzar su dominio.
La indignación en redes sociales y los argumentos de la presidenta de México, quien prometió colaboración con las autoridades veracruzanas, ya son elementos de escándalo pasajero y palabras huecas cuando el sistema de justicia es permeable a la corrupción y cuando las víctimas, como Irma, son forzadas a convertirse en mensajeras del terror antes de ser silenciadas.
Irma Hernández no solo era una maestra que formó generaciones; era una mujer que, como millones de mexicanos, trabajaba incansablemente para sobrevivir en un contexto de precariedad económica. Su asesinato no es un hecho aislado, sino un síntoma de un México donde el narco-poder se ha convertido en un gobierno paralelo que impone sus leyes a sangre y fuego.
En el Proyecto Global de Pastoral, PGP 2031-2033, los obispos de México señalan cómo el crimen organizado se ha apropiado de regiones enteras del país causando el terror y así lo afirman: “Tal parece que esta situación de violencia ha rebasado a las autoridades en muchas partes del país, los grupos delincuenciales se han establecido como verdaderos dueños y señores de espacios y cotos de poder y, debido a la furia y a la capacidad de terror de muchos de ellos, han puesto a prueba la fuerza de la ley y del orden. Son muchos los sufrimientos que a causa de la violencia a lo largo de estos últimos años se han ido acumulando en las familias del pueblo mexicano”. (PGP 2031-2033 No. 56)
Y una muestra de ese sufrimiento se vio en redes sociales de una trabajadora veracruzana que no quiso pagar las extorsiones y “derechos” de piso. La imagen de la maestra Irma es la de todos nosotros: Estamos de rodillas ante el crimen organizado.



