Entre Tirios y Troyanos/Fernando Mendoza

*2027 alianzas electorales: aritmética del poder y vacío político

En la política mexicana contemporánea, las alianzas dejaron de ser una herramienta excepcional para convertirse en el mecanismo central de competencia. Ya no se trata de convergencias ideológicas ni de proyectos compartidos: se trata de sumar votos, fragmentar al adversario y maximizar el rendimiento electoral en un sistema donde ninguna fuerza, ni siquiera la dominante, puede operar completamente sola.
El próximo proceso electoral, con la renovación de la Cámara de Diputados y 17 gubernaturas en disputa, no pondrá a prueba únicamente la fuerza de los partidos, sino la resistencia real de sus alianzas. Porque si algo ha demostrado la última década es que en México las coaliciones ganan elecciones… pero no necesariamente construyen poder estable.
Desde 2018, MORENA ha construido una maquinaria electoral eficaz apoyada en dos aliados recurrentes: el Partido del Trabajo y el Partido Verde Ecologista de México. La fórmula es conocida: Morena aporta la legitimidad política, el voto ideológico y la narrativa; sus aliados, estructura territorial, operadores locales y pragmatismo sin reservas.
Los resultados son contundentes: En 2018, ganaron la presidencia y lograron mayoría en ambas cámaras. En el 2021, pese a retrocesos, conservaron el control legislativo y en 2024, se consolidó su expansión territorial con nuevas gubernaturas y el refrendo con una abultada diferencia de la presidencia.
A simple vista, el bloque funciona. Pero el dato duro no agota el análisis. La pregunta relevante no es si ganan, sino cómo y a qué costo político sostienen esa victoria.
La respuesta es incómoda: mediante una alianza que no descansa en coincidencias programáticas, sino en una lógica transaccional permanente. Es decir, una coalición donde cada actor calcula, negocia y presiona.
Las señales de fractura no son menores. El distanciamiento del PT frente a iniciativas clave del oficialismo, o las posiciones ambiguas del Verde en reformas estratégicas, no son episodios aislados: son síntomas de una relación donde la subordinación ha sido sustituida por negociación constante.
Aquí emerge una contradicción estructural: Morena necesita a sus aliados para mantener mayorías calificadas, pero esos mismos aliados han dejado de comportarse como satélites disciplinados. Se han convertido en actores con agenda propia.
Esto genera tres tensiones críticas:
Dependencia legislativa: sin aliados, Morena pierde capacidad de reforma estructural, lo hemos visto recientemente con la fallida propuesta de Sheinbaum con su reforma electoral.
Disputa territorial: en elecciones locales, la coalición compite internamente por espacios.
Costo de identidad: la narrativa de transformación se diluye al aliarse con partidos de pragmatismo extremo.
La coalición oficialista, en términos estrictos, no es una alianza sólida: es un equilibrio inestable que se mantiene porque romperlo resulta más costoso que sostenerlo.
Por otro lado, si el oficialismo enfrenta tensiones internas, la oposición carga con un problema más profundo: su incapacidad para construir sentido político.
El Partido Acción Nacional, el Partido Revolucionario Institucional y, en menor medida, Movimiento Ciudadano han transitado entre intentos fallidos de coalición y estrategias aisladas sin impacto sistémico.
La experiencia de “Va por México” dejó más lecciones negativas que resultados positivos: La suma de estructuras no generó una narrativa creíble, la alianza PAN-PRI evidenció contradicciones históricas difíciles de procesar para el electorado y por último, la estrategia se definió en contra de Morena, pero no a favor de un proyecto alternativo.
El resultado fue predecible: la coalición no logró frenar la expansión del oficialismo ni posicionarse como una opción real de poder.
Aquí es donde el análisis debe ser más incisivo: la oposición no perdió únicamente por debilidad organizativa, sino por falta de identidad política en un contexto donde el electorado exige definiciones claras.
Dentro de este panorama, Movimiento Ciudadano aparece como el único actor con crecimiento sostenido en percepción pública y posicionamiento electoral, particularmente en segmentos urbanos y jóvenes.
Sin embargo, su fortaleza es también su límite.
MC ha optado por no integrarse a alianzas tradicionales, apostando por una narrativa de diferenciación. Esta decisión le ha permitido capitalizar el desgaste de los bloques tradicionales, pero también lo coloca frente a una disyuntiva inevitable: Mantenerse como fuerza en crecimiento, pero marginal en términos de poder nacional o integrarse a una coalición, sacrificando identidad a cambio de competitividad.
Hasta ahora, ha evitado resolver esa tensión. Y en política, las decisiones postergadas suelen convertirse en oportunidades perdidas.
Más allá de los partidos, el proceso electoral se definirá en tres variables estructurales que suelen subestimarse: una de ellas es la distribución de candidaturas
Las alianzas no se rompen en el discurso, sino en la negociación de candidaturas. Gobernaturas, distritos y posiciones plurinominales son el verdadero lenguaje del poder.
Cuando los incentivos no son suficientes, la cohesión se quiebra.
En segundo lugar, la narrativa política, ninguna coalición sobrevive solo con aritmética electoral. Necesita una narrativa que legitime su existencia.
Morena aún capitaliza el discurso de transformación, la oposición carece de uno, MC intenta construirlo, pero sin alcance nacional consolidado.
Por último, en tercer lugar, la disciplina interna, en contextos de alta competencia, las fracturas internas pesan más que la fuerza del adversario. Y aquí, paradójicamente, Morena enfrenta tensiones visibles, pero controladas y la oposición muestra fragmentación silenciosa, pero más profunda.
Todo indica en el análisis prospectivo que como escenario más probable, estaremos dando testimonio de una continuidad dominante.
Sin temor a ser considerado “Pitoniso” la coalición oficialista continuará vigente bajo la premisa del interés dirigido y no en la ideología, administraría sus tensiones y conservaría mayoría legislativa, además con alta posibilidad de retener y ampliar gubernaturas.
El sistema político mexicano ha entrado en una fase donde las alianzas son inevitables, pero también profundamente problemáticas. Son eficaces para ganar elecciones, pero insuficientes para construir legitimidad duradera.
Morena y sus aliados representan una coalición funcional, pero en tensión. La oposición encarna una alternativa potencial, pero desarticulada. Movimiento Ciudadano, mientras tanto, juega a ser futuro sin terminar de asumir el presente.
En este contexto, la elección que viene no definirá únicamente quién gana más posiciones, sino algo más relevante: si las alianzas en México pueden evolucionar hacia proyectos políticos coherentes… o si seguirán siendo simples mecanismos de supervivencia electoral.
Al final de todo esto, el problema no es que los partidos se alíen, el problema es que, en demasiados casos, no creen en aquello que dicen defender cuando lo hacen… los leo!

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*Correo: fermendozanunez@hotmail.com*

Este análisis se elaboró con información de:
Instituto Nacional Electoral, Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, Cámara de Diputados del Congreso de la Unión, El País, El Financiero, Reforma, El Universal, Milenio, Integralia Consultores, Consulta Mitofsky, Latinobarómetro, México Evalúa y Mexicanos contra la Corrupción.

*Su estructura fue filtrada en más de 5 plataformas diferentes*

* Académico, Analista Político y Consultor Media Training