Al Estilo Mathey/Gustavo Cadena Mathey

* “Recordar, fácil para la memoria; olvidar, difícil para el corazón”.
* 7 de junio como el 2 de octubre, no se olvida

Buen día, apreciado lector:

A propósito del “Día de la Libertad de Expresión” que, como el 2 de octubre, “no se olvida”, es bueno recordar cosas que han pasado en la formación del reportero.
Así en la vida, uno advierte, como en las canciones, que cuando el final se acerca ya, es tiempo de preparar la despedida. Y entonces vuelven las emociones de los primeros años: llega a la memoria cuando mi padre, frente a la vieja consola Stromberg Carson o sintonizando la XEW, dejaba que la casa se llenara con Los Churumbeles de España y El Beso, con los ecos de Caminante del Mayab y Peregrina, o con la voz de Agustín Lara cantando Veracruz.
Aquellas melodías eran más que música: eran la memoria viva de un tiempo que se iba grabando en el corazón. Eran melodías que hacían cosquillas al alma, como si la radio misma nos guiñara el ojo y nos dijera: “esto que escuchas es tu historia, disfrútala antes de que se apague la luz”.
Era, con los noticieros de Excélsior en la W —del que muchos años delante sería su corresponsal en Xalapa— el misterioso llamado a aquella futura vida estruendosa del periodismo. Quién lo imaginara…
Apenas ayer, cuando buscaba sustento a mi Estilo, encontré una frase en la que Gabriel García Márquez precisaba que “recordar es fácil para aquellos que tienen memoria; olvidar es difícil para aquellos que tienen corazón”.
Y así es. Con esa sentencia emprendo el relato de una vida: porque lo que aquí se cuenta no es solo memoria, es también corazón, y cada página busca rescatar lo imborrable.
Así lo entendí desde niño, cuando, mientras ayudaba en las tareas de mi padre, empezaba a forjar mi destino.
Adelantándome a otros relatos, debo decir que este domingo escribo mientras se acerca la hora de ir a una comida de la Organización de Comunicadores del Estado (OCEAC), de Uriel Rosas Martínez. La veterana organización de periodistas se ha dedicado a llevar buenas relaciones con políticos y gobernantes y a entregar reconocimientos, creo que desde los años ochenta, a destacados representantes de los medios de comunicación.
Fui uno de esos afortunados cuando por primera vez sentí emoción por recibir “un Uriel”, como se les conoce desde entonces. El “Uriel” como reconocimiento tiene un sabor especial, porque no era solo un diploma o una placa, sino un símbolo de pertenencia, de que uno estaba dentro de la comunidad de comunicadores quebuscó tender puentes con los hombres públicos.
No era un galardón cualquiera: era la confirmación de que la voz de uno se escuchaba en la plaza pública y que la comunidad de comunicadores lo abrazaba como suyo. Aquella primera vez sentí la emoción de pertenecer a una tradición que nos daba identidad y nos recordaba que el periodismo, junto con la sociedad, también sabe agradecer.
El “Uriel” era como un guiño: “ya estás en la lista, colega, ahora sigue escribiendo”.
Pero entre ir a la misa dominical de una y la comida, decidí la misa. Siendo ex seminarista, la misa tiene un peso distinto: es recogimiento, pausa y memoria viva, mientras que la comida con colegas es más celebración y convivencia.
Para un ex seminarista, antes de la celebración con los colegas está la necesidad de recogerse, de escuchar el silencio y de recordar que la memoria no solo se escribe en periódicos o columnas, sino también en plegarias. Esa elección es parte de una formación personal: un periodista es parte de la plaza pública, pero también hijo de una tradición que sabe que la palabra se fortalece en la raíz espiritual.
Ahí se cruzan dos mundos: el de la fe y el de la profesión. Ambos me han acompañado desde los años ochenta, cuando recibí mi primer “Uriel”. Porque la vida de este reportero se ha escrito tanto en los altares como en las mesas de reconocimiento.
Así transcurre mi vida: entre la solemnidad de la misa y la celebración de la mesa, entre la raíz espiritual y la fraternidad gremial. Y en ese vaivén se ha escrito mi historia, con memoria y corazón, como decía García Márquez.
Y para cerrar, como dijera el filósofo de Palenque, las ganas de ser periodista desde los años mozos no las tenía ni Obama.
Después de mi graduación en “la Universidad de la Calle”, en Acayucan y negarme a integrar la UVA -Unión de Vagos de Acayucan-, llegué a Xalapa en los años setenta. No había diplomas ni ceremonias, pero sí la certeza de que el oficio se aprende en la calle, en las redacciones, en las voces que se cruzan en la plaza pública. Esa fue mi verdadera universidad, la que me dio las herramientas para narrar la vida de Veracruz.
Y así comenzó un camino que pronto me llevaría a convivir con colegas, dirigentes gremiales, políticos y gobernantes y reconocimientos como aquel primer “Uriel” de la OCEAC, símbolo de pertenencia y emoción.
Pero esa es otra historia, porque forma parte de un intento de recuento autobiográfico del reportero… continuará.

PODER JUDICIAL. Por cierto, esta historia que se extingue con mi último trabajo oficial en gobierno, concretamente, en el Poder Judicial del Estado -hasta el momento- Se va cerrando positivamente, gracias a la buena disposición de las jefas. Y mi gratitud al compañero periodista Quirino Moreno Quiza, que como otros amigos colegas están pendientes de este humilde compañero. Gracias.
Ah, no se le olvide, lector: buscar armonía en el hogar, cuidar el agua y las plantas. cadenag838@gmail.com