Entre Tirios y Troyanos/Fernando Mendoza

* MÉXICO NO ESTÁ QUEBRADO… AÚN

Hay una frase que se está arraigando porque simplifica demasiado la realidad y cada vez se escucha con mayor frecuencia en cafés, sobremesas y redes sociales: «México está quebrado».
No. México aún no está quebrado… aunque podría enfrentar presiones financieras cada vez más severas si los desequilibrios fiscales no logran corregirse.
Un país quebrado es aquel que no puede pagar sus compromisos, pierde acceso al financiamiento internacional y entra en una espiral de insolvencia. No es el caso de nuestra nación, pero tampoco nos engañemos.
México enfrenta hoy uno de los mayores problemas fiscales de las últimas décadas: un gobierno con obligaciones crecientes, recursos limitados y cada vez menos margen de maniobra, esa es, probablemente, la herencia más compleja que recibió Claudia Sheinbaum.
Durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador se construyó un modelo político extraordinariamente rentable. Los programas sociales se expandieron, las pensiones aumentaron, se impulsaron megaproyectos como el Tren Maya, la Refinería Olmeca en Dos Bocas, el Aeropuerto Felipe Ángeles y el Corredor Interoceánico, mientras Pemex continuó absorbiendo cantidades multimillonarias de recursos públicos y eso evidentemente, políticamente fue un éxito, aunque financieramente, la factura comenzó a llegar.
El déficit fiscal de 2024 cerró cerca del 6% del PIB, uno de los niveles más altos registrados en décadas. La deuda pública ha registrado un crecimiento significativo durante los últimos años y aunque continúa siendo manejable, el verdadero problema no es cuánto debe México, sino cuánto le cuesta sostener todos los compromisos que ha acumulado.
Aquí aparece una definición poco atractiva para los discursos políticos pero decisiva para entender la realidad: rigidez presupuestaria.
Traducido al español cotidiano significa algo muy simple: la mayor parte del dinero que recauda el gobierno ya tiene dueño antes de llegar a la caja: Pensiones, programas sociales, participaciones federales, nómina, intereses de la deuda y transferencias obligatorias.
Todo eso es el llamado gasto no programable o altamente comprometido que mientras más crece, menos espacio queda para decidir, es decir, el gobierno tiene presupuesto, pero cada vez tiene menos libertad sobre él.
La paradoja es simplemente brutal, veamos… El proyecto político que prometió rescatar al Estado terminó construyendo un Estado cada vez más atrapado por sus propias obligaciones y las circunstancias, empujan a que ha llegado el momento de ajustar las finanzas, pero nadie quiere tocar las pensiones ni reducir los programas sociales, en resumen, nadie quiere asumir el costo político de una reforma fiscal profunda.
En esta lógica, los recortes aparecen donde generan menos votos y más consecuencias como en salud, educación, infraestructura, investigación, seguridad, es decir, justo en las áreas que determinan la competitividad futura de un país, su desarrollo.
La ironía resulta dolorosa, porque para proteger el presente se comienza a hipotecar el futuro.
¿Fueron malas las obras emblemáticas del sexenio anterior?
Siendo responsables y lejos de ser tendenciosos, la respuesta es más compleja que un sí o un no, porque el verdadero debate económico no consiste en preguntar cuánto costaron, sino qué se dejó de hacer para financiarlas y si hoy aún nos generan costo adicional o pérdidas.
Esto es el costo de oportunidad, cada peso destinado al Tren³³ Maya, a Dos Bocas o a los rescates recurrentes de Pemex es un peso que no llegó o no llega a hospitales, carreteras, universidades, infraestructura hidráulica o seguridad pública.
Los defensores del obradorismo argumentan que se trató de inversiones estratégicas para el desarrollo nacional a pesar de que hasta ahora sus beneficios económicos de largo plazo siguen siendo objeto de debate entre especialistas, la crítica sostiene que se privilegió la rentabilidad política sobre la rentabilidad económica.
Lo cierto es que hoy el gobierno de Claudia Sheinbaum enfrenta las consecuencias presupuestarias de esas decisiones y como todos sabemos, las matemáticas suelen ser menos ideológicas que los discursos.
Por otro lado, aunque las calificadoras internacionales han comenzado a enviar señales de alerta. No están anunciando una bancarrota, están observando algo mucho más sutil y preocupante: un margen fiscal cada vez más estrecho, con menor margen de maniobra… los mercados no califican intenciones, califican capacidad de pago.
Cuando observan crecimiento moderado, obligaciones crecientes, presión sobre las finanzas públicas y una empresa estatal como Pemex que continúa representando un riesgo financiero, inevitablemente elevan las alertas, es su trabajo.
Pero el problema tampoco termina ahí, existe otro factor que rara vez aparece en los discursos políticos: la demografía.
México envejece y cada año aumenta el número de pensionados, cada año crece el gasto asociado y disminuye el margen presupuestal.
A diferencia de otros rubros, las pensiones son prácticamente intocables.
Estamos frente a una presión estructural que no desaparecerá con el cambio de sexenio ni con mejores campañas de comunicación, es una realidad matemática, por eso la presidente enfrenta un dilema que su antecesor no tuvo que resolver en la misma magnitud.
Andrés, el que se fue, construyó un modelo político y a Sheinbaum le toca demostrar que puede financiarlo.
Para lograrlo, desde mi perspectiva, sólo le quedan, cobrar más impuestos, contratar más deuda, recortar gastos o generar más crecimiento económico.
Las dos primeras sin duda, tienen altos costos políticos, la tercera tiene costos sociales y aunque la cuarta es la ideal, también la más difícil porque requiere inversión, certeza jurídica, productividad, infraestructura y confianza… Justamente los elementos que suelen resentirse cuando las finanzas públicas comienzan a tensionarse.
La pregunta más importante para los próximos años no es si la auto denominada Cuarta Transformación conserva su popularidad, la pregunta es si puede sostener financieramente el modelo que construyó.
Gobernar en tiempos de abundancia permite repartir beneficios, gobernar cuando el dinero comienza a escasear obliga a elegir.
Y para Sheinbaum, las decisiones difíciles apenas están comenzando.
Claudia deberá demostrar que el modelo de gobierno heredado por el que se fue, puede sobrevivir cuando las restricciones fiscales comienzan a imponerse.
Los gobiernos suelen caer por muchas razones: algunos por corrupción, otros por incompetencia y unos cuantos por soberbia. Pero la historia económica está llena de gobiernos que descubrieron demasiado tarde una verdad elemental: la realidad puede negociarse, la narrativa puede maquillarse, la percepción puede administrarse… ¡pero las matemáticas jamás!
Los leo.

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Este análisis se elaboró con información de:
Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP), Banco de México (Banxico), Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL), Auditoría Superior de la Federación (ASF), Fondo Monetario Internacional (FMI), Banco Mundial, Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), Moody’s Ratings, Fitch Ratings, S&P Global Ratings, Petróleos Mexicanos (Pemex), Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), México Evalúa, El Financiero, El Economista, Expansión, Forbes México y los Informes Generales sobre Finanzas Públicas, Deuda Pública y Política Económica del Gobierno Federal.
*»Las opiniones expresadas en este artículo se sustentan en información pública proveniente de organismos nacionales e internacionales especializados en finanzas públicas, crecimiento económico, deuda soberana, evaluación del gasto gubernamental y calificación crediticia. Las interpretaciones y conclusiones corresponden exclusivamente al autor.»*

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