* EL SU JUSTA DIMENSIÓN
Con la autoridad que otorgan tres décadas y media de ejercicio periodístico, y a partir de lo mucho que se ha visto -y vivido- a lo largo de diversas administraciones municipales, me permito sostener lo siguiente.
Tras las tomas de protesta realizadas ayer, los 212 presidentes municipales veracruzanos que hoy ya se encuentran investidos constitucionalmente de poder, iniciarán, sin demora, sus primeras Sesiones de Cabildo. En ellas se abordarán los asuntos fundamentales para la correcta marcha de los gobiernos locales con los nombramientos de tesoreros, secretarios de ayuntamiento, directores de obras públicas, contralores, y demás cargos estratégicos. Será precisamente a partir de estas decisiones cuando la ciudadanía veracruzana comience a conocer, con claridad, quiénes son y quiénes serán en realidad sus gobernantes hasta el 31 de diciembre de 2029.
Así, con sus acciones y no en los discursos, sabremos de qué están hechos. No solo los ediles, sino también quienes reciban nombramientos de confianza en direcciones y jefaturas. Será entonces cuando quede al descubierto quién muestra capacidad y sensatez, y quién, por el contrario, “enseña el cobre”, se marea con el apodo de 4 años o pierde el piso al subirse (simbólicamente) a un ladrillo.
En la vida pública, como en la privada, solo hay dos caminos, ganarse el respeto y el aprecio de la gente, o cargar para siempre con el rechazo.
El poder es efímero; la memoria colectiva, no.
Si gobiernan con respeto -no solo hacia el equipo que conformen, sino hacia la ciudadanía en general- su tránsito por la administración municipal será exitoso. De lo contrario, el resultado será un desastre anunciado, un debut y despedida en el ejercicio público.
Cierto es que un presidente municipal debe delegar responsabilidades en sus directores y jefes de área; sin embargo, también debe designar a una persona capaz de coordinar, exigir y encauzar el trabajo sin recurrir a gritos, manotazos, humillaciones ni desplantes innecesarios. La autoridad no se impone con prepotencia, sino con resultados y liderazgo.
No es indispensable que a un alcalde le aflore la arbitrariedad; bastará con pedir cuentas y exigir resultados a quien tenga a su cargo la coordinación del personal. Por su parte, síndicos y regidores deberán vigilar de cerca sus comisiones, siempre con respeto y altura de miras. Si se extralimitan y permiten que la altanería les gane, tarde o temprano comenzarán los conflictos al interior de los ayuntamientos.
Que no se les olvide que ningún cargo, ya sea de elección popular o de confianza, es vitalicio. La soberbia debe quedar a un lado, porque nunca conduce a buen puerto. Gobernar no es un botín, es una responsabilidad pública. No hay espacio para ocurrencias ni prepotencias; los pueblos demandan sensibilidad humana, sencillez y resultados concretos, acordes con el presupuesto municipal, que no es otra cosa que el producto de los impuestos de todos.
Reitero, si llegan con el látigo en la mano y con actitudes groseras, tanto gobernantes como funcionarios de confianza, difícilmente la gente los tolerará. Muchos de ellos ganaron el cargo entre porras, vítores y estridencias de campaña; defendieron a capa y espada a sus “gallos”, incluso peleando en redes sociales. Hoy, la realidad les exigirá algo más que ruido, les demandará responsabilidad.
Los primeros 100 días de gobierno serán determinantes. Quien rinda, quien se ponga verdaderamente la camiseta del servicio público, seguramente concluirá la administración que hoy inicia. Quien no, tendrá que irse. Para algunos, con experiencia en estas lides, el reto será manejable; para otros, la exigencia los llevará a decir por sí mismos: “adiós”. Ser servidor público implica acatar órdenes, trabajar fines de semana, noches y días festivos, muchas veces sin pagos extraordinarios. Si el alcalde o alcaldesa es consciente, sabrá reconocer ese esfuerzo con estímulos económicos justos.
Así las cosas, si Dios lo permite, a partir de este 1 de enero de 2026 comenzaremos a observar el verdadero comportamiento de quienes hoy han asumido el poder municipal. En 35 años de oficio periodístico he visto de todo. Algunos se van por la puerta grande, con la frente en alto y amistades intactas; otros salen por la puerta de atrás, cabizbajos, cargando el peso de sus errores por el resto de sus vidas.
El tiempo, como siempre, pondrá a cada quien en su justa dimensión. ¿A poco no?
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