*La hipócrita, conveniente y estratégica reaparición del que se había ido*
En política, el silencio rara vez significa retiro. Con frecuencia es apenas una pausa antes de la siguiente intervención. Por eso no sorprende, aunque sí provoca debate, la reciente reaparición pública de Andrés Manuel López Obrador. El ex presidente, que al concluir su mandato en 2024 aseguró que se retiraría de la vida pública, volvió a pronunciarse con un mensaje que rápidamente agitó la conversación política: un llamado a los mexicanos para donar recursos destinados a ayudar al pueblo cubano a través de una asociación civil.
El mensaje apareció en su cuenta de la red X y apelaba a una vieja tradición de la diplomacia mexicana: la solidaridad con los pueblos latinoamericanos. Para reforzar el argumento, el ex mandatario citó al general Lázaro Cárdenas, una referencia histórica recurrente dentro de la narrativa política del nacionalismo mexicano.
Sin embargo, detrás del gesto aparentemente humanitario emergieron preguntas inevitables. ¿Es pertinente convocar a donaciones privadas para apoyar a un país gobernado por el Partido Comunista de Cuba? ¿Es transparente el mecanismo elegido para canalizar los recursos? ¿Y, sobre todo, qué significa políticamente que el líder más influyente del movimiento gobernante reaparezca justo cuando la relación entre México y Estados Unidos atraviesa momentos de tensión?
En un país marcado por la polarización política, el episodio difícilmente puede leerse como un simple acto de solidaridad.
El mensaje del ex presidente fue breve, pero cargado de simbolismo. López Obrador afirmó que le “hiere” que se busque “exterminar al pueblo de Cuba” y convocó a reunir recursos para adquirir alimentos, medicinas, petróleo y gasolina destinados a la isla.
La narrativa no es nueva. Se inscribe en una tradición política latinoamericana que interpreta el embargo económico impuesto por Estados Unidos desde 1962 como un acto de presión injustificada contra la soberanía cubana.
La respuesta desde La Habana fue inmediata. El presidente cubano Miguel Díaz-Canel agradeció públicamente el gesto, reiterando la cercanía política que marcó la relación entre ambos gobiernos durante el sexenio pasado.
Pero el eco que generó el mensaje no puede entenderse sin mirar el contexto económico de la isla.
Cuba atraviesa la crisis más profunda desde el llamado “Periodo Especial” de los años noventa, cuando la desaparición de la Unión Soviética dejó al país sin su principal respaldo financiero. Hoy la economía cubana enfrenta una contracción acumulada cercana al 15 % desde 2020, inflación superior al 25 %, escasez persistente de alimentos, medicamentos y combustible, apagones eléctricos recurrentes y una migración creciente que ha reducido la población en cientos de miles de personas en apenas un año.
Incluso el propio gobierno cubano ha reconocido el deterioro económico, agravado por la pandemia, la caída del turismo y las restricciones financieras internacionales.
En ese escenario, el llamado de López Obrador puede presentarse como un gesto de solidaridad. Pero en México la conversación pronto giró hacia otro terreno, como si esto hubiera sido previamente calculado.
El primer punto de fricción fue el vehículo elegido para recaudar los recursos: una asociación civil.
Durante su presidencia, López Obrador mantuvo una postura particularmente crítica frente a numerosas organizaciones de la sociedad civil, a las que acusó de operar como intermediarias de intereses políticos o económicos. Su gobierno incluso eliminó diversos mecanismos de financiamiento público destinados a estas instituciones.
De ahí que varios analistas hayan señalado una contradicción evidente: el mismo líder político que cuestionó la legitimidad de muchas asociaciones civiles ahora convoca a los ciudadanos a confiar en una de ellas para canalizar ayuda internacional.
El segundo debate apunta a las prioridades nacionales.
México sigue enfrentando problemas estructurales graves: pobreza persistente, profundas desigualdades regionales y una crisis de seguridad vinculada al narcotráfico y al crimen organizado. Para sectores críticos, resulta difícil justificar un llamado a financiar ayuda exterior cuando el país aún arrastra carencias tan profundas.
Sin embargo, el respaldo político a Cuba no es un episodio aislado.
Durante los últimos años México ha enviado más de dos mil toneladas de ayuda humanitaria a la isla, incluyendo alimentos y combustible. También se han documentado acuerdos bilaterales que implicaron la impresión en México de millones de libros de texto para el sistema educativo cubano, con un costo superior a los 189 millones de pesos.
Todo ello confirma que el acercamiento con Cuba forma parte de una política sostenida de cooperación bilateral.
El problema es que el caso cubano sigue siendo uno de los temas más divisivos en la política latinoamericana.
Para algunos sectores de izquierda, la isla simboliza resistencia frente a la influencia de Washington y una expresión de soberanía regional. Para sus críticos, en cambio, el sistema instaurado tras la Revolución Cubana es un régimen autoritario que restringe libertades políticas y cuya estructura económica centralizada ha contribuido al deterioro social.
La realidad parece situarse en algún punto intermedio.
El embargo estadounidense limita el acceso de Cuba al financiamiento y al comercio internacional. Pero al mismo tiempo numerosos economistas sostienen que la centralización económica, la baja productividad y la limitada apertura al mercado han agravado los problemas internos.
El resultado es un país atrapado entre presiones externas y restricciones estructurales propias.
Pero más allá del debate sobre Cuba, el episodio deja otra pregunta en el aire: ¿hasta qué punto López Obrador realmente se retiró de la política?
Formalmente, el ex presidente ya no ocupa ningún cargo. En la práctica, sin embargo, sigue siendo la figura política más influyente dentro del movimiento que hoy gobierna México.
Su intervención en un tema internacional confirma que su retiro ha sido, en el mejor de los casos, selectivo.
Y el momento elegido para reaparecer tampoco parece casual.
En días recientes, el presidente estadounidense Donald Trump lanzó críticas hacia la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum, insinuando que su gobierno no ha mostrado suficiente determinación en la lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado. Las declaraciones tensaron una relación bilateral ya de por sí compleja.
En ese contexto, la irrupción discursiva de López Obrador puede interpretarse también como un movimiento dentro del tablero político.
En la política internacional no es raro que los liderazgos informales cumplan funciones que los gobiernos en turno no pueden asumir abiertamente. Bajo esa lógica, la voz del ex presidente podría operar como una suerte de válvula de escape.
Al intervenir en un tema ideológicamente cargado, la solidaridad con Cuba, desplaza momentáneamente la conversación pública hacia un terreno donde su figura mantiene legitimidad entre amplios sectores de su base política. Al mismo tiempo, permite que ciertas posiciones se expresen sin comprometer directamente a la presidenta en funciones.
Desde esa perspectiva, el mensaje no sólo habla de Cuba.
También revela una dinámica peculiar del poder político mexicano: un liderazgo que oficialmente se retiró, pero que continúa orbitando alrededor del gobierno actual como referente político, escudo discursivo o incluso instrumento táctico en momentos de presión externa.
En apariencia, la convocatoria apela a la solidaridad con un pueblo que enfrenta una crisis profunda. Pero en política los gestos simbólicos rara vez son inocentes.
Porque al final, más allá del debate sobre Cuba o sobre la pertinencia de las donaciones, el episodio deja una conclusión difícil de ignorar: la política mexicana sigue gravitando alrededor de Andrés Manuel López Obrador.
Y quizá ahí reside el verdadero mensaje de esta reaparición. No en el dinero que eventualmente pueda reunirse, ni en la ayuda que logre llegar a la isla. Sino en algo mucho más revelador: que incluso después de dejar el poder, hay liderazgos que siguen marcando el ritmo de la conversación pública.
En política, los liderazgos influyentes no desaparecen. Simplemente aprenden a hablar menos… y a elegir con precisión el momento exacto para volver a hacerlo.
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Este análisis se elaboró con información de:
Banco Mundial, Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), Fondo Monetario Internacional, Oficina Nacional de Estadística e Información de Cuba, El País, Reuters, Associated Press, EFE, Contralínea, Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad y “X”
*Su estructura fue filtrada en más de 5 plataformas diferentes.*
* Académico, Analista Político y Consultor Media Training



