El Club de Periodistas de México en Tamaulipas, por una nueva ruta para la prensa

Por Hugo Sergio Gómez S.

Entre los ecos del rugido del Cadillac de Checo Pérez, que había convertido el Paseo de la Reforma en un escenario automovilístico, y las catrinas que comenzaban a anunciar la ancestral celebración mexicana de la muerte, llegó a la capital del país la Delegación Tamaulipas para rendir protesta ante la dirigencia nacional del Club de Periodistas de México, A.C.

El encuentro tuvo lugar en su sede histórica de la calle Filomeno Mata número 8, en el corazón del Centro Histórico de la Ciudad de México, un recinto que año con año recibe a periodistas de distintas regiones del país para reconocer sus trayectorias y trabajos mediante el Certamen Nacional e Internacional de Periodismo.

Fue una tarde de evocaciones, anécdotas y reflexiones sobre algunos de los momentos cruciales del periodismo mexicano. En una conversación que por momentos parecía una lección de historia, Mouris Salloum George, director general de la institución, fue desgranando los acontecimientos que marcaron la vida del Club y las luchas que sus integrantes debieron librar para consolidarlo.

Su relato permitió a los periodistas tamaulipecos comprender que detrás de aquella casona histórica existe una larga tradición de esfuerzos por reunir a un gremio caracterizado, desde sus orígenes, por la diversidad de ideas, tendencias políticas y formas de ejercer el oficio.

Los antecedentes del Club Mexicano de Periodistas, A.C., se remontan a 1952, cuando comenzaba a tomar forma una iniciativa destinada a congregar a los profesionales de la información, sin distinción de sus corrientes ideológicas.

Un personaje esencial que contribuyó a su consolidación de manera determinante sobresale don Antonio Sáenz de Miera (1913-1999), periodista poblano cuya trayectoria quedó estrechamente vinculada con la organización y con la creación de un espacio de encuentro para los trabajadores de la prensa.

En su memoria se instituyó la fundación que lleva su nombre y en varios espacios del Club su imagen hace sentir su presencia, como si su espíritu se matuviera animando a los periodistas a no claudicar en su lucha por la libertad de expresión.

Según la anécdota relatada durante nuestra visita, fue precisamente en una gira presidencial por Brasil cuando Sáenz de Miera conoció la existencia de un Club de Periodistas que reunía a comunicadores de distintas corrientes ideológicas.

Aquella experiencia lo llevó a plantear al presidente Adolfo López Mateos una pregunta que habría de adquirir especial significado para el gremio:
—¿Por qué no tenemos en México un Club de Periodistas que reúna a todos los que ejercen esta profesión?

La propuesta encontró eco en el mandatario, quien respaldó la posibilidad de dotar a los periodistas de un espacio donde pudieran reunirse, intercambiar ideas y desarrollar actividades profesionales y culturales.

El proyecto se concretó durante su administración. Mediante un decreto expedido el 27 de noviembre de 1961 y publicado en el Diario Oficial de la Federación el 8 de diciembre de ese mismo año, se destinó al Club Mexicano de Periodistas el inmueble ubicado en Filomeno Mata números 8 y 10.

La decisión permitió consolidar una sede para una organización que aspiraba a representar la pluralidad del periodismo nacional en una época de profundas transformaciones políticas y sociales.

Era también el México que había dejado atrás los gobiernos encabezados por generales revolucionarios para ingresar en una nueva etapa de presidencias civiles, mientras la prensa escrita, la radio y la televisión ampliaban su presencia en la vida pública.

Sin embargo, la historia de aquel inmueble y de quienes lo ocuparon no estaría exenta de dificultades. Con el paso de las décadas, su conservación se convertiría en otra de las batallas que debieron librar los integrantes del Club para preservar un patrimonio que había dejado de ser simplemente una sede administrativa para convertirse en un símbolo de identidad gremial.

Sin duda, la lucha más denodada se libró durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, cuando se intentó despojar al Club de su histórico edificio, supuestamente con el propósito de rescatar la memoria de su padre, Raúl Salinas Lozano, quien años atrás había ocupado la misma oficina desde la cual hoy despacha el director general del Club de Periodistas de México.

Pero aquel intento de despojo sacó a los periodistas a las calles. Incluso personajes como José Carreño Carlón, quien trató de convencerlos de abandonar el inmueble, fueron enfrentados públicamente. En plena calle, Celeste Sáenz de Miera, secretaria general del Club e hija de su fundador, le hizo frente.

—Fueron noches de hacer pancartas en el Club, de conseguir mantas y materiales improvisados. Se luchaba con uñas y dientes contra el poder del Estado —recordó Mouris.

El Club sobrevivió a aquella embestida y, desde entonces, ha mantenido una importante labor asistencial, brindando apoyo a periodistas en el exilio y a quienes han sido agredidos desde las esferas del poder. Pero, sin duda, una de sus tareas más encomiables es el sostenimiento de la Casa del Periodista, donde encuentran refugio aquellos profesionales de la prensa que carecen de hogar o pensión.

—Aquí comen y duermen —explicó Mouris Salloum George.

Acompañado del veterano periodista veracruzano José Uriel Rosas Martínez, uno de los delegados de mayor antigüedad del Club de Periodistas de México, Mouris Salloum George fue reconstruyendo una historia que, entre las intervenciones de uno y otro interlocutor, parecía extenderse más allá de los muros de aquella antigua casona.

Uriel Rosas, quien desde hace décadas sostiene en Veracruz una labor semejante, relató cómo las representaciones del Club fueron extendiéndose hacia el interior de la República, hasta constituir una red de delegaciones y subdelegaciones que busca mantener unido a un gremio frecuentemente disperso por las diferencias políticas, las rivalidades profesionales y las dificultades propias del oficio.

En Veracruz, explicó, esa organización ha logrado aglutinar a más de un millar de periodistas, distribuidos en representaciones que se extienden desde Pánuco, en el norte del estado, hasta Las Choapas, en el sur.

Recordó también sus relaciones con distintos gobernadores priistas, desde Alejandro Moreno, conocido como Alito, hasta Fidel Herrera Beltrán, quienes, según su testimonio, mostraron consideración hacia las actividades del Club, sin exigir a cambio la subordinación política de sus integrantes.

Para Rosas, aquella independencia constituía uno de los principios fundamentales de la organización: reunir a periodistas de distintas corrientes ideológicas sin exigirles renunciar a sus convicciones ni condicionar su participación a las simpatías del gobierno en turno.

Pero, sin duda, aquella tarde, que precedió a una fuerte tormenta, reservaba todavía uno de sus momentos más entrañables.

Entre recuerdos que parecían traer hasta nosotros fragmentos de distintas épocas, surgió la historia de una librería que durante décadas había formado parte del paisaje intelectual de la calle Filomeno Mata: La Torre de Papel.

Fundada en 1963 por Jacqueline Evans, una actriz y corredora de automóviles británica que había quedado cautivada por México, la librería se convirtió en un singular punto de encuentro para periodistas, diplomáticos, escritores y lectores interesados en conocer lo que ocurría más allá de nuestras fronteras.

Durante muchos años, su funcionamiento estuvo estrechamente vinculado con Silvia Isunza, quien se encontraba presente en la ceremonia de toma de protesta de la Delegación Tamaulipas.

Cuando tomó la palabra, su voz pareció devolvernos a un tiempo en que los periódicos eran todavía el vínculo indispensable entre las naciones y las noticias debían recorrer grandes distancias antes de llegar a manos de sus lectores.

—En ese lugar se vendían diarios de todo el mundo —recordó emocionada—. Desde la madrugada estábamos en el aeropuerto esperando la llegada de los periódicos. A las siete de la mañana ya estaban a la venta. También vendíamos los libros de los miembros del Club y desde las embajadas mandaban por los diarios para enterarse de lo que ocurría en sus países. Hoy socumbio a la era del periodismo digital y tuvimos que cerrar.

Su relato despertó sonrisas cuando recordó una de las anécdotas más pintorescas de aquellos años.

—Teníamos un acuerdo con la asociación de voceadores y hasta organizábamos competencias para ver quién era capaz de sostener sobre una bicicleta la pila más alta de periódicos de los que repartíamos cada mañana.

Aquella imagen parecía salida de una fotografía antigua: bicicletas recorriendo las calles del Centro Histórico, cargadas con enormes torres de periódicos que anunciaban acontecimientos ocurridos al otro lado del mundo.

La Torre de Papel había sido mucho más que una librería. Era una ventana abierta a los acontecimientos internacionales, un lugar donde el periodismo impreso encontraba lectores antes de que la televisión por cable, las computadoras y las plataformas digitales transformaran para siempre la circulación de las noticias.Llegaban periodicos de los estados y luego del mundo.

Escuchar a Silvia Isunza, hoy secretaria de actas del Club hablar de aquella casona anexa a Filomeno Mata, era como recuperar una parte de la historia cotidiana del periodismo mexicano que difícilmente aparece en los libros: la de quienes, sin escribir necesariamente una sola nota, contribuyeron a que miles de noticias encontraran a sus lectores.

A la conversación se sumaron periodistas de la directiva nacional, socios y otros invitados que, atraídos por las anécdotas, fueron incorporándose a aquella tertulia improvisada. Mouris Salloum George conducía buena parte de la charla, aunque de vez en cuando debía interrumpirla para atender a otros asistentes y resolver los asuntos propios de la vida cotidiana de la institución.

Así, entre recuerdos, evocaciones y conversaciones que parecían no tener fin, llegó el momento solemne de la toma de protesta de la Delegación Tamaulipas.
Se instaló el podio desde el cual rindieron protesta el escritor y periodista Hugo Sergio Gómez Smith, como delegado del Club en Tamaulipas; Ángeles Barrios, como coordinadora general; Cristina Gómez Chavira, como secretaria ejecutiva; Carolina Infante, como relatora histórica, y Mónica Isabel Araballo, como asesora financiera.

Aquel acto representaba mucho más que el cumplimiento de un protocolo institucional. Era el comienzo de una nueva etapa para una organización que buscaba reunir a periodistas tamaulipecos de distintas generaciones, trayectorias y formas de entender el ejercicio de la profesión.

Concluida la ceremonia, se dispuso una mesa alrededor de la cual compartieron los integrantes de la nueva directiva de Tamaulipas, los socios y los dirigentes nacionales del Club. En una mesa sobria aderezada por los platillos preparados por Muna Salloum hermana del director del Club de periodistas que con una amplia sonrisa departía y atendía con generosidad a los presentes.

Fue entonces cuando surgió uno de los primeros compromisos de la delegación: impulsar la creación del Premio Estatal de Periodismo del Club de Periodistas de México en Tamaulipas, concebido como un reconocimiento al trabajo profesional de quienes, desde distintos medios y regiones del estado, contribuyen diariamente a informar a la sociedad.

A través de una videoconferencia se hizo presente también la voz firme de Celeste Sáenz de Miera, quien reiteró la responsabilidad que asumía la nueva delegación frente al gremio y la importancia de mantener vivos los principios que han acompañado la trayectoria histórica de la institución.

Entre anécdotas, risas y los sabores de la cocina libanesa, aquella jornada fue llegando a su fin.

Quedaban atrás las historias de los viejos periodistas, las evocaciones de una librería que recibía periódicos de todo el mundo y las luchas libradas para conservar aquella casona del Centro Histórico. Pero, sobre todo, quedaba un compromiso que apenas comenzaba a tomar forma.

La nueva Delegación Tamaulipas regresaría a su estado con la responsabilidad de escribir su propia historia dentro del Club de Periodistas de México.

Porque las instituciones no permanecen vivas solamente por la memoria de quienes las fundaron, sino por la capacidad de las nuevas generaciones para dar continuidad a sus ideales.

Y aquella tarde, en la histórica calle de Filomeno Mata, se había comenzado a trazar una nueva ruta para el periodismo tamaulipeco.